Comunicación II hay que hacerla con Ford
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Comunicación II hay que hacerla con Ford
Por Libertad Borda


"Comunicación II hay que hacerla con Ford". A fines de los ochenta, superada la breve etapa de Callao, la carrera de Comunicación se cursaba en el edificio de Marcelo T. de Alvear. En uno de esos pasillos fue donde recibí mi primera información sobre Aníbal, de boca de una compañera que me pareció confiable. En esas épocas, esos intercambios azarosos eran lo más parecido a los foros de estudiantes en la web de hoy en día, así que la recomendación enfática decidió sin más mi siguiente cuatrimestre.

No podría decir con exactitud qué se dijo en el primer teórico de Aníbal al que asistí. Recuerdo vagamente que nos habló de Bateson unos de los teóricos que se entretejían en sus intereses por entonces , de la comunicación no verbal, del debate por señas sobre el que luego escribiría en Navegaciones. Pero la memoria es caprichosa, y lo que insiste es su pregunta inesperada: "¿Saben qué significa esto?", mientras mostraba el archiconocido gesto de levantar el brazo con el puño cerrado colocando la mano sobre el antebrazo a la altura del codo (qué difícil es explicar un gesto popular). Casi de inmediato, seguro de que nadie contestaría y acompañado de una sonrisita imperceptible, nos asestó: "¡Un miembro de este tamaño!". Sin pausa, volvió a Bateson, o a Winnicott, o a las múltiples vías de abordaje que ofrecía la complejidad de la comunicación entre humanos. De entrada, como alumna me fascinó esa capacidad suya de pasar de un registro al otro con la elegancia que solo tienen los que vivieron mucho. En el texto que escribió para esta revista, Fernanda Longo dice acertadamente que con las clases de Aníbal sentíamos que llegábamos por fin a algo que no sabíamos que habíamos estado buscando. Es, sin duda, exacto, pero también es probable que cada uno haya encontrado cosas diferentes. En mi caso fue esa mezcla que creía imposible del saber de la calle y el académico. Al terminar la cursada de ese año, algunos le hicimos saber que nos habíamos quedado con ganas de seguir, y logramos armar una especie de seminario en su propia casa en el que Aníbal nos sugería lecturas para abordar temas elegidos por nosotros. Como todo con él, no se pareció a ningún otro grupo de estudio que haya conocido.

Años más tarde volví a encontrarlo como docente en Teorías del Periodismo, donde al final de cada clase nos pedía que escribiéramos un breve comentario. Recuerdo que en esos textos apresurados le rogaba una y otra vez que nos contase sus experiencias periodísticas de los años setenta: yo, que me había acercado tardíamente al peronismo a principios de los ochenta y era un poco mayor que el estudiante de comunicación promedio por entonces, estaba siempre deseosa de escuchar a los protagonistas de aquellos años. Pero Aníbal apenas rozaba esos temas en clase: deslizaba alguna frase al pasar, recordaba algún nombre casi con pudor. Tal vez en esas épocas lo obsesionaba más el futuro, que, sin duda, vislumbraba complejo, o tal vez, simplemente, hablar de esa etapa le resultase demasiado doloroso.

Al poco tiempo conocí a Nora Mazziotti, su compañera, comencé a trabajar con ella, y así fue como pude conocer a un Aníbal más cotidiano. Habrá que extrañar su "¡Noraaaaa!" cada vez que me atendía en el teléfono. La última vez que lo vi fue en una de sus tantas internaciones, poco antes de que falleciera. Por suerte pude decirle cuánto recordaba sus teóricos de veinte años atrás y la impresión que me habían dejado. Él lo escuchó, supongo que con agrado, pero los ojos le brillaron más cuando le dije que tenía una familia hermosa.

Sin embargo, no quiero quedarme con esa última imagen en el Cemic, sino con otra, de algunos domingos compartidos con él y Nora en su casa del Tigre. En una de esas ocasiones me divirtió ver que su devoción casi infantil por lo dulce lo había llevado a revolver hasta el último rincón de la cocina, en la sospecha (fundada) de que los invitados habían traído alguna tortita, destinada a no llegar a la hora del mate. Para mí es una buena forma de recordarlo, buscando, siempre buscando.


Libertad Borda es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UBA , donde es doctoranda en Ciencias Sociales y docente. Sus trabajos se han centrado en temas relacionados con los géneros televisivos y la conformación de comunidades de audiencias, en especial los denominados grupos de fans. Participó en proyectos UBACYT dirigidos por Aníbal Ford.

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