"En nuestro campo los esquemas puros de investigación, producción, creación o políticas son mitos improductivos, cuando no corporativos, que impiden avanzar, desarrollar alternativas frente a las grandes transformaciones culturales que se están produciendo -hegemonizadas hoy por el neoliberalismo- y que no pasan sólo por lo perceptivo. En este plano, la oposición, por ejemplo, entre los saberes científicos y los saberes narrativos, no deja de ser una dicotomía kitsch del siglo XIX, que impide ver cuánto de común hay debajo de ambos como transformación de las formas en que el hombre le da sentido a su existencia".
El fragmento, elegido al azar, pertenece a un texto con el que Aníbal Ford introducía el
Cuaderno 10 de Comunicación y Cultura (fueron alrededor de 30, si no me equivoco) y con el que cerraba el programa de su cátedra en 1990, cuando yo lo conocí. Va a cumplir 20 años y señalar su implacable y sorprendente vigencia es una obviedad. A Aníbal le gustaba decir de sí mismo, citando el manual de zonceras de Jauretche, que era "el hombre que se adelantó a su tiempo". No lo hacía con arrogancia, sino con humor y, a veces, resignación. Es lo menos que se puede decir de él. Mi primera experiencia, como alumna que sólo lo escuchaba en los teóricos, se parece a la de quien encuentra algo que no sabía que estaba buscando, pero que no tiene duda de que es eso cuando lo descubre. Y creo que era más o menos lo que le pasaba a gran parte de los alumnos que llegábamos a su cátedra, después de haber navegado casi dos años en una carrera que hacía todo lo posible por, si no expulsarnos, cuanto menos confundirnos y desalentarnos.

Aníbal era un maestro generoso, entusiasta, comprometido, apasionado, estudioso, que se tomaba tan en serio sus clases, las razonaba, las graficaba y elaboraba con obsesión de entomólogo (una de sus vocaciones frustradas, como la neurocirugía). Respetaba y escuchaba a los alumnos (exagerándolo, para él, todo alumno era brillante hasta que demostrara lo contrario). Aníbal era un maestro. No un profesor, mucho menos un docente. Fue mi maestro (lo que no significa que yo haya sido una buena discípula). Esa condición no cambia con los años, ni siquiera con el cariño entrañable ni la amistad de dos décadas.
"Quién soy, dónde estoy, dónde me pongo", parafraseaba a Pepe Biondi. Nunca se sintió cómodo en la academia, prefería definirse a sí mismo como escritor. Y periodista. Reivindicaba la práctica profesional, la "prepotencia de laburo", la experiencia que ponía a prueba la teoría (y muchas veces la desmentía). Aquello de "en la cancha se ven los pingos". No era un "puro": creía en la política, más allá de todo partidismo, como la capacidad de transformar las cosas desde adentro.
En su condición de "adelantado", entendió, cuando nadie entendía muy bien cuál era el objeto de estudio de las "ciencias de la comunicación", que podía abarcar cuestiones tan diversas como:
"los efectos de los videogames (...), las realidades virtuales y los hipertextos, el caso de María Soledad, la desaparición de la foto como prueba jurídica, el éxito de la telenovela en Europa, la narrativización de la Guerra del Golfo (...) la privatización de las telefónicas, la concentración del poder electrónico, las redes, el derecho a la privacidad (...), la represión y las fisuras en el mundo de las interfaces..." (Introducción al
Cuaderno 17 de Comunicación y Cultura, mayo de 1992). Se anticipó a concepciones teóricas que hoy están de moda y atraviesan distintas disciplinas, desde el psicoanálisis y la medicina hasta la economía y la historia, como son la narratología, las crisis de las subjetividades, la semiótica de las pasiones, los desafíos de las neurociencias, la dinámica global/local, la desaparición de los géneros, la relación entre biografía y medios... Desde la teoría de la esquizofrenia de Bateson a la sociología de la vida cotidiana de Goffman, sus fuentes y selecciones bibliográficas delimitaron un campo que no estaba delimitado hasta entonces, de una manera original, audaz, provocadora. Pero para nada romántica: no descuidaba los aspectos duros, las exigencias y necesidades de la industria cultural, la economía de los medios, las políticas culturales.
Aníbal era un gran formador de equipos, creía en la reflexión y la producción colectiva, en los artículos escritos en colaboración. Era, también, un gran desmitificador, no compraba modelos de análisis, su honestidad y su irreverencia intelectual le permitían desconfiar, poner a prueba empíricamente y descartar cuando había que descartar. Jamás acomodaba la realidad a la teoría. Al contrario, repetía aquello de que
el mapa no es el territorio, y renegaba de los esquemas lineales y sin fisuras. Como Borges se paró en las orillas de la literatura para reinventar la literatura, él se paró en las
orillas de la ciencia para hacer ciencia (o para deshacerla). No sería raro que alguno de sus artículos o libros terminaran leyéndose en cátedras de biología, etología, psicología cognitiva.
No es fácil resumir cuánto aportó a la constitución de un campo que hoy cruza desde la antropología hasta el análisis del discurso (él integró el equipo que dio forma a la Maestría en Análisis del Discurso de Filosofía y Letras de la UBA, en 1996. Volví a ser su alumna en esa maestría, en el 2000). Formé parte de su cátedra durante seis años, entre 1992 y 1998. Además de ser ayudante en sus materias de Comunicación II y Teorías del Periodismo, lo acompañé a dar clases de posgrado a la Universidad de La Plata y a la Universidad Católica de Uruguay. Fueron años en los que no necesité despertador. Aníbal llamaba religiosamente todos los días, minutos antes de las 9 de la mañana, para comentar algún artículo publicado en los diarios, ordenar la agenda del día o porque se le había ocurrido algo para alguna de sus clases. También trabajé como ayudante de Nora Mazziotti, su mujer (y mi amiga), en el seminario de Géneros del Espectáculo. En 1994, cuando bajo la dirección de Roberto Guareschi el diario
Clarín se rediseñó, Aníbal trabajaba como consultor del rediseño y en un proyecto de capacitación pensado para acompañar a la redacción durante ese proceso. Gracias a él entré al diario, como asistente de ese proyecto. Recuerdo que, cuando me convocó, me advirtió: "el que toca no baila". Yo ya lo conocía, y no dejaba de ser una provocación. Justamente él, que podía tocar, bailar, y, si quería, servir los canapés. En 1998 Aníbal ya no trabajaba en
Clarín, y yo pasé del área de capacitación a la redacción, a lo que era Información General. Aníbal no sólo marcó mi formación académica, sino que le debo también mi trabajo de los últimos 15 años.
Los últimos recuerdos que tengo con él son de asados interminables en su casa de Tigre, en los que siempre estaba contando una anécdota de algún viaje inverosímil por el interior del país, hecho o por hacer, escrito o por escribir. Tenía especial predilección por los extremos y las fronteras, ya sea al norte (Villazón, en la frontera con Bolivia) o al sur (Ushuaia y el Faro del Fin del Mundo). Le gustaba la música, el jazz y el tango. Los refranes, las paradojas, el humor absurdo (y procaz), los graffitis (las
inscripciones de los carros), las definiciones en inglés y los neologismos impronunciables, las metáforas sofisticadas. Una vez hablábamos del tango "Naranjo en flor" (creo que me dijo que, en realidad, era un vals, yo sólo conocía la versión cantada por Baglietto) y él se detuvo en la figura "dolor de vieja arboleda". Yo no la entendía. Ahora la entiendo (envejecer es estirar el horizonte semántico).
Lo internaron por primera vez en junio de 2008, justo cuando nacía mi tercera hija. Lo fui a visitar a su casa un mes después, con Pilar en brazos, y me acuerdo que me preguntó si quería comentar el último libro de Canclini para
Alambre. Le habían armado el cuarto abajo, en el living de su casa, para evitar las incomodidades de la escalera. Era teatral verlo ahí, presidiendo la sala, con su inmensa biblioteca como respaldo de la cama. Los chicos, sus hijos, habían hecho un cartel en computadora que colgaba de punta a punta como un pasacalles: "Bienvenido, señor de los caminos". Cómo lo amaban esos hijos. Y qué paciencia le tenían (cuántas mañanas los vi bajar mansamente a sacar fotocopias, a mandar o recibir un fax, una encomienda). Aquel día, con ciertas dudas yo le había llevado de regalo un libro que especulaba sobre qué pasaría con el mundo si desaparecieran los humanos. Mi esposo había cuestionado la elección, y él me respondió divertido: "¿Julián se cree que necesito lecturas optimistas?". No, no las necesitaba. El no se iba a morir. Aníbal se plantó ante la enfermedad de la única manera en que podía hacerlo: estuvo enojado, furioso, resentido hasta el final. Sospecho que siempre se había imaginado longevo, como habían sido sus hermanas. Estaba convencido de que tenía cuerda para rato. En octubre del año pasado le hicieron un homenaje a la trayectoria en el Nacional Buenos Aires. Apenas podía caminar, pero lo hacía con una dignidad, con una altivez. Sacando el mentón hacia adelante y apretando los dientes, empuñaba el bastón como si fuera a partírselo a alguien en la cabeza. Era imposible apiadarse de él, sentir nada parecido a la pena o la compasión.
La última vez que hablamos de corrido fue el 13 de septiembre, el día de su cumpleaños. Se esforzaba por sostener el hilo de la conversación, aunque ya estaba muy medicado. Le dije que iba a ir a verlo en la semana, y me contestó "todo es cuestión de coordinar". Así era Aníbal, siempre respondía conceptualmente, la literalidad del lenguaje no era su fuerte. Al día siguiente lo internaron. Y lo volvieron a internar, una, dos, tres, cuántas veces en menos de dos meses. Una semana antes de que se fuera lo vi en el Cemic de Las Heras. Estaba inconsciente desde hacía dos días, pero tuve la suerte de que se despertara cuando yo estaba allí. "Ani, te despertaste", le dijo Nora. "Para colmo", le contestó. Una auténtica genialidad fordiana. Era puro hueso, pero la mirada, feroz, desafiante, estaba intacta. Los ojos enormes y azules en un rostro que apenas se adivinaba debajo de la máscara de oxígeno. Alucinaba sobre la nueva novela que estaba escribiendo y sobre un pasaje a Córdoba. "Llevame, si a mí me encantan las sierras", le decía Nora. Nora, su compañera. Siempre entera, siempre dispuesta, siempre a su lado. En el último tiempo Nora fue su interfaz, su GPS, su traductora. ¿O siempre lo había sido? Cuando me fui me saludó con la mano, como un chico. Me causó gracia. Le dije que parecía Eva Perón y con esa excusa volví a darle otro beso. En la cabeza, como él me había besado a mí durante tantos años. Creo que los dos sabíamos que era el último.
Fernanda Longo es egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA), cursó la maestría en Análisis del Discurso (UBA). Desde 1994 trabaja como periodista en el diario Clarín. Desde 2001 hasta la actualidad es editora del área de Televisión del Suplemento Espectáculos del diario. Fue docente en las materias Teoría y Práctica de la Comunicación II, Teoría del Periodismo y Seminario de Géneros del Espectáculo de la Carrera de Comunicación, Fac. de Ciencias Sociales (UBA). Trabajó con Aníbal Ford entre 1992 y 1998 como integrante de sus cátedras y equipos de investigación.