La in-visibilidad resguardada: Violencia(s) y gestión de la paralegalidad en la era del colapso¹
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Alambre. Comunicación, información, cultura. Nº 1, marzo de 2008.

RETÓRICAS DE LA SEGURIDAD 
La in-visibilidad resguardada: Violencia(s) y gestión de la paralegalidad en la era del colapso¹
Por Rossana Reguillo²


[…] Las pasiones resurgen, pero bajo el modo de un aumento de los extremos, son fulminantes, paroxísticas, de una violencia radical, infernal. Precipitan siempre la llegada de la muerte, están fascinadas por la muerte en directo. Entre ambos extremos, la violencia adopta dos figuras simétricas: por una parte la violencia invisible, interior, proyectada sobre sí, en el secreto del cuerpo, que brutaliza y aturde. Por otra parte otra violencia exteriorizada, hipervisible, que lleva más lejos aún la imagen surrealista de la iluminación, de la guerra total, de la muerte en directo de la víctima.
Oliver Mongin

El dispositivo no existe ahí para ejecutar al hombre, sino que éste está precisamente ahí por el dispositivo, para proveer un cuerpo sobre el cual pueda escribir su obra maestra estética, su registro ilustrado sangriento lleno de florilegios y adornos. El propio oficial no es más que un criado de la Máquina.
Michel Löwy


Es el carácter abismático de las violencias el que las reviste de su condición mistificada y exterior, con la que, incluso, buena parte de las ciencias sociales se identifican en un acto de pura seducción. Para ser "comprendidas", es decir elevadas a rango de explicación tanto de sentido común como de segundo orden, ellas requieren de un doble movimiento, aquel que aísla sus códigos del conjunto de códigos sociales y por ende posibilita al observador-analista colocarse en una posición de calificación y atribución y, aquel otro movimiento constituido por el gesto de traducción del código a un lenguaje capaz de dotarlas de inteligibilidad o circunscribirlas a un marco que al mismo tiempo que neutralice la anomalía que ellas comportan, haga visible y patente precisamente esa anomalía y la fije en un universo de sentido que busca salvaguardar la "normalidad".

Tensión y paradoja, el pensamiento que piensa la(s) violencia(s), se enfrenta al desafío de anclar el análisis en un lugar que al tiempo que sea capaz de configurar "el punto de vista", se constituya en una estrategia de desplazamiento que posibilite desencializar los binomios anomalía-normalidad, exterior-interior, bueno-malo, violento-no violento, con el que suelen calificarse las violencias. No sirve, me parece, pensar en términos de "violencias buenas" y "violencias malas" o en violencias "legitimas" y violencias "ilegítimas", toda vez que entre otros colapsos, la contemporaneidad se enfrenta al vaciamiento de las instituciones y de los sentidos hegemónicos (es decir, legítimos) en ellas depositados y de esa crisis no se salva el Estado con su pretendido "monopolio de las violencias legítimas". Las aceleradas transformaciones en la escena social han desbordado las categorías y conceptos para pensar el mundo.

Bajo esa perspectiva intento aquí acercarme a las violencias desde un "lugar", la legalidad y, desde un constante "desplazamiento", las retóricas de la seguridad. En otras palabras, me interesa tanto el análisis y la reflexión situada en torno a los efectos de las violencias en la institucionalidad y sociabilidad como los usos políticos de la seguridad como espacios-prácticas de contención de esas violencias. Esta estrategia me permite introducir la hipótesis central de esta ponencia: las violencias contemporáneas han inaugurado una zona fronteriza, un orden abierto a la definición constante, un espacio de disputas entre fuerzas asimétricas y disímbolas que desbordan el binomio legal-ilegal. Quisiera señalar que considero que las violencias constituyen un "pasillo", un "vestíbulo" entre un orden colapsado y un orden que todavía "no es" pero que está siendo, de ahí su enorme poder fundante y su simultánea ligereza.

Lo legal desafiado y la emergencia de la paralegalidad
Una madrugada del verano de 2004, en la ciudad de Piedras Negras en Coahuila, completamente devastada, aislada y declarada zona de desastre por las torrenciales lluvias que habían reducido la geografía de esa zona a ruinas, el párroco de la iglesia principal atendió unos golpes en la puerta: se trataba del chofer de un gigantesco trailer que le entregó al párroco una pequeña tarjeta con el mensaje "con los atentos saludos de Osiel Cárdenas", el trailer venía cargado de cobijas, agua potable, medicinas, víveres y juguetes para los niños damnificados. Cárdenas, el gran capo del Cartel del Golfo y sin duda uno de los más poderosos narcos en la historia mexicana, se adelantaba así al propio Estado mexicano, incapaz de responder a las múltiples emergencias de aquel verano catastrófico.

"Escenas" como esta se reproducen cotidianamente a lo largo y a lo ancho de la geografía latinoamericana. Pero más allá de lo anecdótico, estas "escenificaciones" del poder (más que escenas aisladas) que ratifican el creciente empoderamiento del narco en diferentes ámbitos de la vida social, revela, además de la debilidad y la corrupción de las instituciones del Estado, algo mucho más profundo: la compensación de un vacío, de una ausencia, de una crisis de sentido. Es decir a través de estas continuas escenificaciones el narco hace visible el desgaste de los símbolos del orden imperante y genera sus propios símbolos que, aunque puedan corresponderse con los símbolos de la política vigente, son escenificaciones que se toman a sí mismas como referencias, como si cada vez que el narco actuara en la esfera pública, se produjera una renuncia explícita a cualquier instancia "exterior".

El 6 de septiembre de 2006, en plena crisis postelectoral y en medio de un clima de alta polarización social, un comando de sicarios al servicio del narcotráfico hizo rodar 5 cabezas "impecablemente" cortadas y aún sangrantes en una pista de baile de la discoteca llamada "Luz y Sombra" situada en la pequeña ciudad de Uruapan en el estado de Michoacán, en México. El mensaje que acompañaba las cabezas fue: "la familia no asesina mujeres, ni niños" y se dijo que el suceso, que causó horror y pánico entre los parroquianos -devenidos testigos-, que era un ajuste de cuentas entre narcos por el supuesto asesinato a manos de un cartel rival, de la esposa e hijos de un gran capo y que los "ejecutores" bien podían ser maras salvatruchas o kaibiles(3). Esta escenificación, tiene dos rostros: de un lado, ratifica que bajo la superficie de las agitadas aguas de la política formal, fuerzas inasibles controlan amplios territorios de la geografía y son capaces de operar de espaldas a la ley; de otro lado, entregan un mensaje -inapelable-, de que "ellos" son "parte, juez y verdugo" en una trilogía que lejos de desafiar las normas jurídicas, las leyes, en tanto ellas no son parámetro o unidad de medida, funda sus propios marcos de operación y de sentido.

Si a los 25 decapitados que "aparecieron" en distintos puntos de México en el 2006, inaugurando una nueva fase en las violencias vinculadas al narco y añadimos los datos disponibles es posible afirmar que estamos frente a una operación sin control ni límites por parte de la delincuencia organizada(4); y entonces no basta, me parece apelar a la irrupción de la anomalía o al estado de excepción como lugar analítico. Si en buena medida los dos dispositivos simbólicos que han servido para "procesar" las violencias, han sido el de la lejanía y el de la excepcionalidad, la realidad se ha encargado de mostrar el agotamiento de estas lógicas. Las violencias no se ubican en un más allá, circunscribible a un espacio otro, a una heterotopía(5) salvaje y lejana vinculada a la barbarie por contraposición a la civilización; ellas están aquí, ahora, presentes en un espacio complejo que no admite las distinciones de las viejas dicotomías(6) y, de otro lado, es indudable que su comportamiento y recurrencia anuncia, cuando menos, la falacia de pensarlas como brotes excepcionales(7) que sacudirían de vez en vez el paisaje armónico y pacífico de una pretendida normalidad "normalidad". Y quizás habría que añadir que ni Foucault ni Agamben, representan, en este sentido, coartadas epistemológicas suficientes para asimilar e incorporar tanto exceso de anomalía y excepcionalidad.

Si más bien, son lo ordinario, lo normal y lo cotidiano las expresiones y espectaculares escenificaciones de la violencia (pienso aquí en los cuerpos rotos de tantas mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, en Guatemala, en otras latitudes), lo que procede es entonces interrogar el lugar de la legalidad como el espacio donde se visibilizan de manera más nítida las fracturas del orden vigente.

La legalidad representa fundamentalmente un contrato, un pacto social hecho de normas y acuerdos cuyo sustento es la ley y el discurso jurídico. Pero quizás lo más relevante para nuestra discusión es que la legalidad representa un límite, un muro que separa y al separar distingue, jerarquiza, califica y sanciona. Y su pretendida universalidad no deja lugar para la duda ni el intervalo, establece claramente un adentro (de la legalidad) y un afuera (en ilegalalidad). La legalidad es la historia de las delimitaciones y de los esfuerzos y luchas por hacer de estas delimitaciones campos prescriptivos capaces de incorporar -sin demasiado éxito-, los desniveles, diferencias y lógicas locales, nacionales, globales. La legalidad internacional (llamado derecho internacional) se enfrenta continuamente a interpretaciones incompatibles con los ámbitos locales y en sentido contrario, lo local se ve continuamente desafiado por las delimitaciones supranacionales.

En este contexto resulta difícil afirmar que las violencias desatadas por el narco-poder y el crimen organizado, puedan ser inscritas en el afuera de la ilegalidad. Este análisis es a todas luces simplista e insuficiente. Por ello propongo abrir un tercer espacio analítico: la paralegalidad, que emerge justo en la zona fronteriza abierta por las violencias, generando no un orden ilegal, sino un orden paralelo que genera sus propios códigos, normas y rituales que al ignorar olímpicamente a las instituciones y al contrato social, se constituye paradójicamente en un desafío mayor que la ilegalidad. En una metáfora infantil podríamos decir que el juego de policías y ladrones está agotado y que el nuevo juego consiste en la disputa entre ladrones en un mundo "propio" en el que la policía es una figura accesoria.

Y para ratificar el poder paralelo o el segundo Estado (como lo llamaría Segato(8)), hay dos analizadores claves.

  1. El aumento de la violencia expresiva en detrimento de la violencia utilitaria(9). Es decir, se trata de violencias que no parecen perseguir un "fin instrumental"(10), sino constituirse como un lenguaje que busca afirmar, dominar, exhibir los símbolos de su poder total.
  2. El control casi absoluto de los grandes señores que aún desde la cárcel, una institución que ha dejado ser "total" (en la terminología de Goffman), para organizar, dirimir, gestionar importantes áreas de la vida social que resulten relevantes para sus intereses. Así la figura del "bandido" de Hobsbawm (2000), que quizás en referencia al narco, fue inaugurada en la región por el colombiano Pablo Escobar (y al que los más grandes capos mexicanos han tratado de emular, como el Osiel Cárdenas del relato que abre esta sección), cede su lugar a la figura de un poderoso empresario-gobernante que es magnánimo con sus incondicionales y terrible con sus adversarios y dueño y señor de un vastísimo territorio social (que no está escondido en un bosque o parapetado en una montaña).

Violencia expresiva y control geopolítico se constituyen en los dispositivos principales para gestionar el creciente poder de una paralegalidad que se extiende y que parapetada en su enorme capacidad para la acción abre lo que Bourdieu y Passeron (1977), bautizaron como violencia simbólica. Aquella que es capaz de imponer como legítimo múltiples significados mediante su inscripción en la dinámica social. Pero como bien advirtieron ambos autores de manera temprana, la violencia simbólica para constituir los signos de su legitimidad requiere de un proceso de identificación con los portadores del significado.

Recientemente Cristian Alarcón, periodista de Página 12, premiado en 2006 por NACLA, me hizo notar que la prensa mexicana informa cotidianamente de los "ejecutados" por el narco, con pasmosa tranquilidad, como se informa en Argentina de los índices del "riesgo-país" o en las grandes metrópolis, de los índices de contaminación: narco: 314 muertos; narco: 515 ejecutados: narco: 3 nuevos decapitados. Y si en Colombia, cuando uno inquiere sobre el destino de alguna persona, la gente suele responder con un "se tuvo que ir" para decir sin decir que se trata de un víctima más de las violencias; en México, la palabra "ejecutado", apela en la complicidad de un código compartido, a las muertes y saldos cotidianos del narcotráfico.

Quizás la formación de la paralegalidad es esto: la normalización de un modo particular de gestión del conflicto en una zona fronteriza o espacio intermedio.

Fuente: www.hollywoodjesus.com
En el verano de 2003, con las secuelas de la guerra intervencionista en Irak y la resaca del olor a sangre y a pólvora de las luchas contra el terrorismo "mundial", se estrenó la película "28 days later", de Danny Boyle, que fue traducida al castellano como "Exterminio". Más allá de los muchos méritos cinematográficos de la película, el guión de Boyle dramatiza al extremo uno de los mayores miedos sociales: la violencia mortal (que ejercen los otros), incontenible, desatada, informe, como un virus que se expande sin respetar a niños, mujeres, ancianos, sacerdotes, padres de familia que se convierten en agentes de la violencia; el virus está inoculado y frente a su poder la única alternativa es la violencia misma. En la metáfora de Boyle, ninguna institución queda en pie, no hay espacios -en la sociedad del "exterminio"- capaces de contener la irracionalidad de la destrucción. Cuando parece que el Ejército, podría representar una alternativa, las características mismas de la institución, la obediencia extrema, la prepotencia, el poder excesivo y, de manera especial, un orden masculino, se convierten en un germen aún peor que el virus de la violencia. En la "sociedad del exterminio" que recrea Boyle, no hay escapatoria posible y los protagonistas se ven enfrentados a la evidencia incontestable de que la única alternativa para sobrevivir a la violencia es la violencia.

La violencia se ha convertido en el relato fuerte en la narrativa de la contemporaneidad, lo que significa que su presencia, su estadística, sus imágenes ocupan el centro de un espacio público que encuentra en la violencia, la narrativa que, a la manera de la Sherezada de "Las mil y una noches", es capaz de mantener el suspenso y "re-encantar" el mundo cada día, a través de un dispositivo narrativo que se perpetúa en una historia sin fin.

Los datos son ciertamente aterradores, pero más allá de la epidemiología de las violencias, lo que no aparece o aparece muy debilitado, es el análisis reflexivo de lo que puede estar significando el mensaje de estas violencias. A la manera de Boyle, la sociedad parece relacionarse con la violencia como si este fuera un virus escapado fortuitamente de un laboratorio, un germen irreductible y fatal, pero siempre exterior.

Retóricas de la seguridad: el uso político del miedo (a las violencias)

Esta "atmósfera" instalada, la de la fatalidad frente a las violencias, es la que las provee de su capacidad de reproducirse a sí mismas sin contención alguna. No hay, parece decir el imaginario, ninguna institución capaz de protegernos contra este virus mortal. La alternativa es entonces enfrentarla con los recursos a la mano: el rezo solitario, el armamentismo privado, el repliegue hacia lo íntimo e individual, el establecimiento de fronteras y aduanas cada vez más duras, una vida cotidiana al límite de la (auto)vigilancia y especialmente la producción política de "zonas de riesgo cero", es decir la seguridad a toda costa.

Hasta aquí he intentado pensar las violencias desde un punto de vista, desde un lugar (la legalidad desafiada), ahora intento el movimiento contrario, un desanclaje del lugar específico, un desplazamiento que permita calibrar los impactos sociopolíticos de su presencia en la sociedad.

Parece ya un lugar común apelar a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 como "fecha fundacional" de la emergencia de un reordenamiento global que reactualiza la relación seguridad-libertad, pero estoy convencida de que efectivamente el 2001 estadounidense representa un giro dramático para la sociedad global. El ataque terrorista trajo a la escena principal del debate un replanteamiento del clásico binomio seguridad-libertad (Bauman), instaurado en la formación de los Estados nacionales: ceder en las libertades para alcanzar un mínimo de seguridad.

De maneras complejas y problemáticas el ataque terrorista trajo no solo en Estados Unidos, un "retorno del Estado" que, parapetado en las apelaciones emotivas a un nacionalismo trasnochado(11) y simultáneamente, a la extraña geometría de una corresponsabilidad global(12), mostró su rostro más temido: el represor y policíaco. En América Latina, el rostro policiaco del estado que había sido "sometido" con relativo éxito por las incipientes democracias modernas a lo largo de nuestra geografía, encontró en este acontecimiento y sus interpretaciones políticas y jurídicas, nuevos bríos para mostrar con fuerza su brazo represor.

Un segundo rasgo ha sido el exacerbamiento de las atmósferas de la sospecha no sólo en el plano de las relaciones entre autoridades y ciudadanía, sino, además, en la trama de interacciones cotidianas y horizontales entre la sociedad. La vinculación del terrorismo con procesos, zonas, paisajes e identidades locales cuyo vocabulario obedecía a otras lógicas, se ha convertido en agenda y en un asunto de la llamada "seguridad nacional". La criminalización de la pobreza, la estigmatización étnica de ciertos grupos sociales (o la racialización del delito), el incremento de los dispositivos de vigilancia y el tenso debate en torno a los derechos humanos como espacio de protección de "criminales", configuran un ambiente en el que se sobredimensiona la noción de seguridad.

Desde luego, estos rasgos o tendencias no agotan la explicación de un imaginario que ha ido normalizándose a partir de septiembre 11, alimentado también por los procesos de violencia y aumento de la delincuencia organizada y común, en la región; pero se trata de dos procesos que permiten organizar, analíticamente, las dimensiones macro y micro o, puesto en otros términos las dimensiones tanto estructurales como antropológicas de las retóricas de la seguridad, que entenderé como el conjunto de argumentaciones elocuentes que buscan persuadir y provocar respuestas emotivas, a través de tropos (juicios y razonamientos) anclados en un principio de inseguridad generalizada.

Al analizar el conjunto de cadenas significativas que circulan profusamente por el espacio público en la región, es posible constatar el peso creciente de la "seguridad" como discurso ordenador de la dinámica social. Diversas encuestas aplicadas en los últimos años en varios países de la región, señalan que el tema de mayor preocupación ciudadana, es, junto con el desempleo, la cuestión de la seguridad. Y más allá de las condiciones locales que favorecen la hipersensibilidad al tema (crecimiento del narcotráfico, aumento de la delincuencia, deterioro estructural de las sociedades, por ejemplo), es indudable que la percepción y acción frente a los temas de la seguridad están profundamente influenciados por una geopolítica del miedo, que no se explica solamente por el poderoso influjo de los Estados Unidos, autoasumido paladín en la lucha contra la inseguridad, sino en la articulación de espacios y procesos transnacionales que tienden a unificar los modos de concebir la seguridad y la aplicación de políticas públicas y medidas concretas para enfrentarla. Puedo citar como ejemplo la famosa "Cumbre Antimaras", celebrada en junio de 2005, entre los jefes de Estado Centroamericanos y México. Las leyes conocidas como "mano dura" y "super mano dura", de origen salvadoreño(13), se han ido extendiendo hacia otros países y, el enfoque y modo de conceptualizar el binomio seguridad-inseguridad tiende a estabilizarse y (auto)legitimarse sin que los intentos por cuestionar estas lógicas punitivas alcancen cierto nivel de eficacia o visibilidad.

Hoy, todo conspira para fortalecer los lugares de enunciación vinculados a las "seguridad" que operan como eficiente maquinaria de producción de visibilidad, credibilidad y lo más importante de agenda(14) para el debate. El aseguramiento y blindaje de espacios, prácticas, discursos, ha venido introduciendo nuevas sintaxis, estéticas y valoraciones, cuyo eje vertebrador es la producción de una narrativa disciplinante que no admite refutaciones.

Imagen uno: ¿El sistema experto?
Así los millones de pasajeros acatan sin protestar las llamadas medidas de seguridad y se dejan someter al escrutinio de un sistema altamente falible pero sumamente poderoso. El viaje y el desplazamiento, al ser motivos de sospechas a priori, producen un efecto perverso: el de la des-identificación; es decir, la necesidad de desmarcarse de cualquier indicio de sospecha, lo que provoca que los "viajeros", entren a un territorio de continua previsión sobre aquellas huellas, indicios, marcas que puedan incrementar las sospechas. No basta ya un pasaporte en regla y un visado legal, si al guardia en turno la piel morena, el pelo rizado, un movimiento, un libro, un gesto o la ausencia de éste, le parecen "sospechosos".

Lo más fuerte de los efectos de estas dinámicas, sustentadas en las retóricas de seguridad es precisamente que dependen de la interpretación subjetiva y contingente de los "policías de tránsito". En otras palabras, hay un desfase irresoluble entre el sistema experto<(15) de la seguridad "aeroportuaria" y el momento de su aplicación. Las personas no se enfrentan con máquinas o reglamentes (solamente), sino con otras personas, cargadas de miedos, prejuicios, prenociones y de manera especial, atribuciones.

¿En manos de quién está la seguridad? Y ¿cómo conciliar la norma abstracta con la aplicación empírica?

Imagen dos: la importancia de llamarse Samuel
Dice Pross que "la imagen oscura del enemigo une al Estado y a sus sujetos […] La figura del enemigo permite simbolizar toda la oscuridad y bajeza que sea necesaria a fin de que la constitución interna salga favorecida" (1989;63). Esta cita expresa con nitidez la articulación de dos ámbitos claves para las retóricas de la seguridad: la idea de frontera y la imagen del intruso.

Y para ambos casos no encuentro mejor analizador que lo que quisiera llamar el "efecto Huntington". El profesor de Harvard retorna al debate público con su polémica tesis sobre la "identidad estadounidense". Frontera e intrusos constituyen el corpus de su aceitado análisis. No es que considere que vale la pena rebatir las falacias, vacíos, vicios, manejos en el pensamiento de este profesor metropolitano, sino que me parece que representa, junto con los "caza inmigrantes", las milicias llamadas Minuteman Project", lo más "acabado" en términos de retóricas de la seguridad. En la profecía neoconservadora de Huntington en tensión crispada con las lógicas de sostenimiento del neoliberlalismo, los otros, los diferentes, los llegados "están sin duda evolucionando, ayudados por la difusión del protestantismo evangélico, [pero] es improbable que esa revolución (cultural) esté pronto terminada" opina Huntigton (2004: 295), para añadir: "mientras tanto, el elevado nivel de inmigración procedente de México sustenta y refuerza entre los mexicano-americanos los valores mexicanos que constituyen la fuente primaria de su rezagado(16) progreso educativo y económico y de su asimilación a la sociedad estadounidense" (ibid: 295)(17).

Rezago y asimilación, atraso y progreso, el bien y el mal, re-emergen en los horizontes del orden neoliberal, como categorías incómodas de una matriz civilizatoria que no logra romper con su vocación etnocéntrica para repartir etiquetas que regresan sobre los sistemas de clasificación que establecen la diferencia entre civilización y barbarie.

Si los autoritarismos temerosos y sus dispositivos de enunciación, tan en boga desde el quiebre que representan los acontecimientos terroristas del 2001, configuran un saber sustentado en un poder, se abre a mi juicio una interesante pregunta en torno a la relación compleja y contradictoria entre neoconservadurismo y neoliberalismo en los Estados Unidos (y en el mundo). Es decir, cómo se concilian ambos regímenes si el segundo apela al individuo, a la deslocalización de las identidades y a la desregulación, mientras que el primero apela fuertemente a la comunidad y a la esencialización (territorial y simbólica de las identidades). La paradoja y las interrogantes que abren las retóricas de la seguridad son múltiples y no colocan a salvo a quiénes pretenden volver de la "seguridad" un credo, un catecismo cuya formula representa la salvación.

El muro fronterizo entre México y Estados Unidos, por la administración Bush, ha sido ampliamente celebrado por las milicias de Minuteman Project, la agrupación anti-inmigrante más visible en este momento.

Para dar una idea, muestro aquí los "simpáticos" logotipos de estas milicias, lidereadas por Jim Gilchrist.



En semanas recientes, en el Show de Cristina (Saralegui), transmitido por Univisión, se discutió acaloradamente sobre los efectos de la migración latinoamericana, el problema de los ilegales y la defensa de las fronteras norteamericanas. En este talk show, el más visto en los Estos Unidos (se calcula una audiencia de 14 millones), participó por parte de los Minuteman, Raymond Herrera(18) vocero en español de la organización, un descendiente de mexicanos, convencido al extremo de que la inmigración mexicana debe ser detenida, pues ellos están "destrrouyendo nuestrra graan nación", con un acento más propio de Bush, Herrera se dedicó, en español, a denostar a los mexicanos, a los hispanos, a los latinoamericanos, sus valores, su cultura y su necia resistencia a vivir "la vida de los anglos". Afirmando que "la gente de México son como pollitos sin cabeza, tienen machismo, que bueno que se van a ir pa´ trás".



Huntington y las milicias fascistas que de desplazan por una de las fronteras más patrulladas del mundo, permiten, como analizadores, darle al rango de la pregunta por los efectos de las retóricas de la seguridad, una mayor amplitud y plantear que los valores, las ideas, las doxas a ellas asociadas, repetidas machacona y tramposamente tienen efectos sobre la organización social y el "contrato" que emerge en el reordenamiento geopolítico del mundo.

Imagen tres: un presidente en busca de proyecto

Finalmente, la propaganda y la publicidad también generan símbolos políticos, reconocimientos, adscripciones. Frente al descrédito de la política, frente a la crisis de representación y especialmente frente a una legitimidad impugnada, acudir a las retóricas de la seguridad como golpe de timón para fortalecer una imagen, es una estrategia.

En el México de la crisis postelectoral, con un presidente recién nombrado y debilitado por los fuertes conflictos y polarización social que caracterizaron el escenario mexicano del 2006, la primera medida, una vez tomado el poder, no podía ser otra, que una señal contra el narco y una a "favor" de la seguridad nacional.

Así, el nuevo presidente Calderón, reduce el gasto social en educación, ciencia y cultura y aumenta el presupuesto de las fuerzas de seguridad y crea una super oficina de seguridad nacional. Su primer acto como titular del Ejecutivo en diciembre de 2006, fue el de incorporar diez mil soldados a la Policía Federal Preventiva y a la Agencia Federal de Inteligencia y en enero de 2007; iniciar una operación de "ataque frontal" contra los carteles de Michoacán y Baja California, con gran aparato de prensa. No sin antes advertir-nos "que habrá pérdidas humanas en esta guerra".

Pero en un dato que no es irrelevante, el año concluye con diez "ejecutados" en un solo día, en el Estado de México y Guerrero, pese al operativo añadido de "blindaje" a las fronteras estatales para "evitar la fuga de los narcotraficantes" y se confirma en la prensa nacional que al menos desde el 2003, varios narcos y sus familias recibían subsidios gubernamentales "agrícolas", a los que se sumaban los entregados para crianza de ganado y cultivo de pastos para reses. Se produce silencio sobre esta noticia que no es comentada ni problematizada por los editorialistas entusiastas de la mano dura del nuevo presidente.

Calderón tendrá en el narco un enemigo adecuado para fortalecer su debilitada imagen. Los grandes y aparatosos operativos ocupan los grandes titulares, mientras el orden paralegal abierto por el poder del narco, sigue su curso.

¿Resguardar lo evidente?
Lo que estas tres imágenes permiten aprehender es que el efecto principal de las retóricas de la seguridad es exacerbar de un lado, tensiones pre-existentes pero de otro lado, promover la emergencia de nuevas categorías bajo sospecha y abonar el terreno para una "zona libre de derechos humanos", como alguna vez se refirió Rumsfeld a la prisión en Guantánamo.

Es útil acudir a los viejos filósofos. David Hume, planteó, al elaborar su teoría de las pasiones (el miedo, la esperanza, el odio, el amor) que hay que distinguir "causas y objetos". La "causa", sería aquella idea que excita las pasiones mientras que "el objeto" es aquello a que dirigen su atención, una vez excitadas(19).

Me interesa destacar aquí la noción de "objeto de atribución", en tanto este es siempre producido por la propia pasión, lo que permite desestabilizar la idea positiva de que motivo (causa) y objeto de la pasión, en este caso el miedo (a la inseguridad, a las violencias), son la misma cosa. El concepto de "objeto de atribución" de Hume resulta fundamental para comprender los mecanismos que intervienen en la difusión de las retóricas de la seguridad y su efecto en la emergencia de "objetos de atribución".

Lo que me interesa es precisamente calibrar el impacto en las dinámicas de la vida cotidiana, en los procesos de socialidad y sociabilidad, toda vez que encuentro en estas retóricas una interpelación directa a las pasiones (o afecciones en el vocabulario de Hume), dice el filósofo: "nada excita con mayor fuerza una afección que el ocultar una parte de su objeto envolviéndolo en sombras, las cuales, al mismo tiempo que dejan ver lo suficiente para disponernos a favor -(o en contra, añadiría yo)- del objeto, dejan aún algún trabajo a la imaginación. Además de que una incertidumbre acompaña siempre a la oscuridad, el esfuerzo que hace la imaginación para completar la idea despierta los espíritus, y proporciona una fuerza adicional a la pasión "(Ibíd., 149). Considero que las retóricas de la seguridad trabajan sobre la tensión realidad-imaginación, el "mostrar" y el "ocultar" y en ese sentido, el papel que Hume otorga a la incertidumbre provocada por esta tensión, cobra en esta cita toda su importancia. Aunque el miedo (a la inseguridad), la esperanza (en la solución), el odio (a los supuestos culpables) y el amor (por el líder carismático cuyo gesto elimina el miedo) promovido por los discursos de la seguridad, sea una pasión subjetivamente experimentada, sus ritmos y sus tonos, pueden ser modulados según se incremente el espacio de indefinición de su figura.

La (in) visibilidad como estrategia
Una de las principales características de las retóricas instaladas en torno a la seguridad, es su rechazo a cualquier forma de disenso con respecto a las verdades que erige. De talante autoritario estas "verdades" suelen autoerigirse como proclamas universales a salvo de la crítica o de la prueba empírica. Adquieren el estatuto de "profecías" que al instalarse en el sentido común, comportan fuertes dosis de disciplinamiento social, en tanto que, de maneras ambiguas, el territorio en el que operan no admite argumentación.

Por tanto, el resguardo de la (in)visibilidad de las violencias es asunto clave para el mantenimiento del orden colapsado; su visibilidad o silenciamiento actúan como mecanismo para garantizar la perpetuación de un desgastado y anacrónico orden desbordado; y, quisiera plantear que este mecanismo tiene el efecto mayor de invisibilizar la creciente emergencia y empoderamiento del orden paralegal.

Pese a lo dramático de sus efectos, las retóricas de la seguridad no dejan de ser "lamento", "conjuro", "amuleto" contra los efectos evidentes de la fortaleza de una paralegalidad que viene anunciando un mundo en el que los pactos conocidos han tocado fondo. No deja de resultar paradójico que Norbert Elias haya señalado (en su crítica a Kant) que la búsqueda de causas personales (la culpabilidad de las personas) caracterizó el periodo anterior a la modernidad. Dice Elías "La pregunta ¿Quién destruyó mi casa con un rayo?, precedió a la pregunta ¿Qué destruyó mi casa?" (Elias, 1994;43). Siguiendo a Elias, podríamos afirmar que la etapa por la que atravesamos reactualiza la pregunta por la responsabilidad de "personas vivas", concretas y elude la pregunta por las configuraciones sociales y los cambios. Mientras los operadores de la paralegalidad se "modernizan", avanzan, reconfiguran; las retóricas de la seguridad apelan a las fuentes primordiales de los miedos pre-hobbesianos: la causa eficiente, el ejemplo a mano, el enemigo ejemplar.

Así me parece que la colaboración compleja entre la violencia expresiva y la compensación de la ausencia (de orden), la geopolítica del miedo y las retóricas de la seguridad, traen al centro del debate y de manera muy seria, un replanteamiento en la idea de modernidad que nos hemos dado.

Sin tener certezas, me aventuro a plantear que la paralegalidad abierta por el crimen organizado constituye una primera respuesta al declive de la institucionalidad y su desafiliación acelerada. Por ello quisiera preguntarme con Elías, por los cambios que explican la configuración actual del mundo.

Guadalajara, Enero 2007



¹ Este artículo forma parte de los trabajos discutidos en el Seminario Internacional Citizenship, 'Rhetorics of Security', and Vernacular Violence. Organizada por el Social Science Research Council y la Universidad de Bogaziçi, en Estambul, 26-28 de Enero de 2007. Su versión en inglés, será publicado en un libro coordinado por Marcial Godoy y Zynep Gambetti.

² Profesora-investigadora en el Departamento de Estudios Socioculturales. ITESO

(3) La mara es la denominación que reciben las pandillas de centroamericanos y norteamericanos inmigrantes cuyos métodos violentos y crueldad han crecido en los últimos años. Los kaibiles, son soldados de fuerza especial guatemalteca cuya triste popularidad se hizo visible durante los años de la guerra sucia en ese país. Hoy, distintas investigaciones afirman que tanto maras como kaibiles se han convertido en las nuevas fuerzas de operación del narcotráfico mexicano. Ver Reguillo, 2005.

(4) Los informes de distintas corporaciones de seguridad nacional indican que en México existen alrededor de 130 organizaciones vinculadas al narcotráfico, con infraestructura y armamento superior al de las fuerzas policiacas. Y en el más reciente informe de la Procuraduría General de la República, se reporta que de los cien mil delitos de orden federal cometidos en 2006, el 51% corresponde a la producción, transporte, comercio, suministro y posesión de drogas.

(5) Desarrollo este concepto en Reguillo, 2006, que antropológicamente posibilita el análisis de la espacialización de los miedos sociales.

(6) La muerte de Sadam Hussein a través de la horca es una buena metáfora del colapso de la oposición civilización-barbarie.

(7) Una visita cotidiana por la prensa latinoamericana bastaría para desestabilizar la idea de "excepcionalidad".

(8) Ver de esta autora (2004): "Territorio, soberanía y crímenes de segundo Estado: la escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez".

(9) Tomo en préstamo esta categorización de Sagato que utiliza para referirse a los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez.

(10) Como la guerra entre estados, el secuestro, el robo.

(11) Pienso que un analizador importante de estas interpelaciones emocionales, disfrazadas de cientificismo son por ejemplo los intrépidos "argumentos" que esgrime el Dr. Samuel Huntington en su obra más reciente, sobre la identidad estadounidense y la plaga mexicana. Ver Huntington (2004)

(12) Por ejemplo la simplista organización geopolítica del mundo en un "eje del mal" y un "eje del bien".

(13) Ver la "Ley para el combate de las actividades delincuenciales de grupos o asociaciones ilícitas especiales", de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador, promulgada en el Diario Oficial 65, Tomo 383, o la "Operación Mano Dura y la ley antimaras, propuesto por el Presidente de El Salvador, Francisco Flores, difundido en cadena nacional (radio y televisión) el 23 de julio de 2003

(14) Para entender estos mecanismos, me parece fundamental establecer la diferencia política entre tema y agenda. Todas las agendas se sustentan en temas, pero no todos los temas logran transformarse en agendas.

(15) Fue Giddens (1993) el que introdujo esta importante categoría para referirse al sistema "ciego", constituido por decisiones y operaciones despersonalizadas, sistémicas e invisibles. Si bien he compartido esta formulación, hoy tengo serias dudas de que el sistema sea tan "ciego" y tan "experto" como supone Giddens y la tecnología desarrollada.

(16) El subrayado es mío.

(17) Al Doctor Huntington le parece suficiente evidencia de este "rezago" el hecho de que en 1998, "José reemplazó a Michael como nombre más popular entre los niños recién nacidos tanto de California como de Texas" (ibid, p. 296). Tal vez podríamos titular este apartado como la importancia de llamarse Samuel.

(18) Una versión sintética de la emisión de este programa, está disponible en http://www.minutemanproject.com/default.asp?contentID=99

(19) Ver el interesante estudio introductorio a la Disertación sobre las pasiones realizado por José Luis Tasset Carmona. Hume, 1990. pp. 23-27.






Referencias Bibliográficas

ARENDT, Hannah (2005): La condición humana. Barcelona: Paidós.

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GIDDENS, Anthony (1993): Consecuencias de la modernidad. Madrid: Alianza Universidad.

HOBSBAWM, Eric (2000): Bandits. NY: New Press.

HUNTINGTON, Samuel (2004) ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad estadounidense. México: Paidós.

LÖWY, Michael (2003): "Las formas modernas de la barbarie", en Metapolítica Vol 7. No. 28. Marzo-abril. México. Pp. 38-46.

MONGIN, Oliver (1993): El miedo al vacío. Ensayo sobre las pasiones democráticas. Buenos Aires: FCE.

REGUILLO, Rossana (2006): "Los miedos: sus laberintos, sus monstruos, sus conjuros. Una lectura antropológica", en Etnografías contemporáneas No. 2. UNSAM, Buenos Aires. Abril de 2006. pp. 45-74

-----(2005): La mara: contingencia y afiliación con el exceso", en Nueva Sociedad No. 200. Noviembre de 2005. Caracas. Pp. 70-84

SEGATO, Rita Laura (2004): "Territorio, soberanía y crímenes de segundo Estado: la escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez". En Ciudad Juárez: De este lado del puente. México: Instituto Nacional de las Mujeres / Epikeia / Nuestras Hijas de Regreso a Casa, 2004 (también disponible en http://www.unb.br/ics/dan/Serie362empdf.pdf y en Labrys, estudos feministas N° 6, agosto/dezembro 2004, http://www.unb.br/ih/his/gefem )



Es mexicana, Doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social. Es profesora-investigadora en el Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO, en Guadalajara. Sus líneas de investigación son las culturas juveniles, cultura urbana, movimientos sociales y socioantropología de las emociones. Es autora de varios libros, entre los que se encuentra: La construcción simbólica de la ciudad. Sociedad, desastre, comunicación (1996); Ciudadano N. Crónicas de la Diversidad (1999); Emergencia de culturas juveniles en América Latina. Estrategias del Desencanto (2000); Horizontes Fragmentados. El (des) orden global y sus figuras (2005). Cuenta con más de un centenar de capítulos en libros colectivos y artículos en revistas.

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