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Alambre. Comunicación, información, cultura. Nº 1, marzo de 2008.
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| El móvil, artefacto ritual para controlar la incertidumbre¹ |
Por Rosalía Winocur
Para Magali que usa celular y para Néstor que se resiste a hacerlo
"Miedo a lo invisible, en el fondo del hombre de hoy, que vacila al sentirse impotente ante el destino" (Duby, 1995: 123) |
 En estos momentos la mitad de la humanidad tiene un teléfono móvil(2), y de la mitad restante muchos aspiran a poseerlo para poder comunicarse con los suyos que migraron al otro lado del océano(3), o simplemente con los que viven a diez cuadras a la redonda. Esta aspiración, trasciende la pertenencia de clase, la inclinación sexual, las diferencias de género y generacionales, el grupo étnico o el capital cultural. La pregunta de rigor que se nos plantea es: ¿que fue lo que lo volvió tan necesario e imprescindible?
En el cine anterior a los noventa era muy habitual ver a los protagonistas con un cigarrillo en los dedos o en los labios, en las situaciones de espera, de placer, de nerviosismo, de tristeza, de terror, de nostalgia, de trasgresión, de furia, de incertidumbre, de tensión, de antesala o de seducción. A partir de los noventa lo que portan los personajes con mayor compulsión y adicción, es un teléfono móvil. Como dice el escritor Javier Marías: "Alguien debería poder explicar por qué provocan tanta adicción como el denostado tabaco, y mucha más incontinencia" (2006:106).
Es probable que las campañas anti tabaquismo, cada vez más agresivas y estigmatizadoras del fumador hayan hecho lo suyo, pero el reemplazo del cigarro por el móvil no representa una simple sustitución de un ansiolítico nocivo para la salud por otro, que al menos no produce cáncer, sino que comporta una alta carga simbólica que es preciso desentrañar. Y esto nos lleva a preguntar: ¿Por qué se ha vuelto tan perentorio, indispensable y trascendente, estar comunicados a todas horas y en todos los lugares?, ¿Qué terrores, fantasmas, ansiedades y dilemas no resueltos -individuales y colectivos- estamos depositando en esos pequeños aparatos, que clonan nuestras voces, amplían nuestros sentidos y siempre llevamos empuñando en las manos?, ¿Qué fragmentos dispersos de sentido en nuestra vida cotidiana están completando o anudando?; ¿qué espacios vulnerables de nuestra fisonomía están deificando?; ¿qué fantasmas de la otredad están cubriendo bajo el manto protector que nos brinda el hecho de estar siempre comunicados con los nuestros; ¿qué bálsamo de certidumbres domésticas nos proveen en cada repiqueteo cuando suenan en la desesperación del tráfico, la circularidad de la fila, la impotencia frente a la ventanilla, o el anonimato de nuestros gestos y palabras en la muchedumbre?; ¿Qué cordón umbilical reestablecen entre los que se quedan en casa y los que transitan en la selvas citadinas; ¿qué actos rituales están inaugurando o reforzando en las nuevas y viejas tribus urbanas?(4).
Dispositivo imaginario para mantener bajo control la incertidumbre
Suele mencionarse al reloj como analogía del celular para marcar su carácter de imprescindible, pero en el caso del celular lo que portamos es algo mucho más significativo que la personalización del tiempo en espacios deslocalizados. Cuando alguien deja olvidado su reloj en casa se queja de que "ha perdido la noción del tiempo", pero cuando alguien deja olvidado su celular, lo que siente es:
- "Ando por la vida histérica ¡Ando sin teléfono! ¡Estoy desesperada!, (…)¡Vivo del celular!" (Elizabeth. 27 años. Odontóloga)
- "Se me va la vida, tengo que regresar por él" (Claudia, 25 años, empleada en SKY)
- "Me siento desprotegida" (Guadalupe, 51 años, directora de escuela secundaria)
- "¡Ay! siento como si no tuviera nada, (…) aparte de que me sirve para la hora siento como si me faltara algo, yo creo que ya se ha vuelto muy esencial el celular" (Eric, 24 años, empleado en una vinatería)
- "No puedo salir de casa sin el celular, me siento como si estuviera desnuda, es extraña la manera en que ese pequeño aparato se volvió imprescindible para mi vida diaria" (Martha, 49 años, psicóloga, directora de primaria)
La vida cotidiana está hecha de certezas e incertidumbres, de seguridades y amenazas, que se mueven por igual en un plano real e imaginario. Las primeras provienen de la familia tradicional o "reinventada" (Beck-Gernsheim, 2003), del hogar físico con sus extensiones virtuales, del consumo rutinario de los medios, y de los trayectos y espacios cotidianos vinculados con el trabajo y el esparcimiento. Paradójicamente, las incertidumbres provienen de los mismos ámbitos donde se constituyen las certezas. Las provocan los procesos de transformación que sufre la familia tradicional, la dispersión y mudanza de sus miembros, la erosión de la autoridad parental, la deslocalización del ámbito doméstico, la amenaza de perder el empleo o de no conseguir empleo, el deterioro de la calidad de vida, y las imágenes que proyectan los medios sobre lo que está fuera de nuestro control: el narcotráfico, el terrorismo, la degradación del medio ambiente, las catástrofes naturales, las guerras fraticidas, la amenaza nuclear y el calentamiento global. Particularmente estas últimas, como refiere Beck (1998), instalan en todas las sociedades "el poder invisible de los riesgos" como una amenaza que atraviesa en mayor o menor medida a todos los grupos sociales:
| "Las certezas de las sociedades de clases son las certezas de la cultura de la visibilidad: el hambre contrasta con la saciedad, los palacios con las barracas, la pompa con los harapos. Estas evidencias de lo palpable ya no valen en las sociedades del riesgo. Lo visible queda a la sombra de las amenazas invisibles. Lo que se sustrae a la perceptibilidad ya no coincide con irreal, incluso puede poseer un grado superior de realidad amenazante" (1998:51). |
En este panorama de incertidumbre donde el pasado no puede asegurar el futuro, el hoy del día a día, se vuelve omnipresente. De ahí la ansiedad por amarrar el presente, única cosa que sentimos que puede ser controlada actualizando, nombrando y recreando permanentemente los vínculos afectivos, porque si dejamos de hacerlo tememos que se diluyan o corran grave riesgo de perderse. En la vida cotidiana la incertidumbre se expresa como una conciencia "implícita" de los peligros que sufrimos, que los medios de comunicación se encargan de actualizar permanentemente. La mayoría de nuestros entrevistados cuando se les preguntó cuáles eran las cosas que los hacían sentir más seguros en la vida, contestaron que la familia y la pareja:
| "Ves la televisión y te enteras de cada cosa, entonces miras al lado y la gente que quieres está bien. Eso me hace sentir bien, segura" (Alejandra, 20 años, estudiante de enfermería). |
El teléfono móvil es clave para mantener la cohesión imaginaria de estos espacios familiares seguros donde habitan nuestras certezas, cuando nos cubre bajo el manto protector de estar siempre comunicados con "los nuestros". En la mayoría de las ocasiones no lo usamos para ampliar nuestras redes de conocidos o entablar nuevas relaciones, como sucede con Internet, sino para no perder el contacto con los nuestros, un circuito de afectos y reconocimientos mutuos que excluye a los otros:
En el celular es con personas que sabes quiénes son, que en un momento no las puedes ver, pero que más tarde o al siguiente día te encuentras, amigos,(…) la comunicación puede ser la misma o mejor porque siempre estás comunicado. (Santiago. 16 años. Estudiante de Preparatoria)
El celular hace lo que antes no podías, comunicarte con la persona que está en la calle, fuera de casa o de la oficina, (…) se ha vuelto una necesidad más que un lujo, ya no es una ventaja o una desventaja el tenerlo o no tenerlo, es más bien cuestión de cuanto necesitas estar comunicado con las personas que te rodean... (Guadalupe, 51 años, Psicóloga, directora de secundaria). |
Como bien lo expresa Silverstone, los medios actúan cada vez más "como profilácticamente sociales, por cuanto se han convertido en sustitutos de las incertidumbres habituales en la interacción cotidiana, al generar incesante e insidiosamente los como si de la vida diaria y crear cada vez más defensas contra las intrusiones de lo inaceptable o lo inmanejable" (Silverstone, 2004:17).
Artefacto ritual para exorcizar la otredad
En otro sentido convergente con el anterior, también podríamos pensar al celular como un artefacto que nos permite exorcizar a los fantasmas de la otredad. La otredad la constituyen todos aquellos que amenazan real e imaginariamente nuestras certezas, y ésta a menudo se disfraza de inmigrante, delincuente, chavo banda, indígena, o nuevas tecnologías, porque ellos encarnan todo lo que tememos: quedarnos sin casa o trabajo, vivir lejos de nuestras familias, perder los afectos, sufrir el desarraigo, quedar excluidos del universo digital o extraviar la brújula de nuestras frágiles identidades.
El otro distante, "el invasor absoluto, que engendra más temor que el vecino que agrede" (Duby, 1995:60), se ha desmarcado de sus nichos habituales en las narrativas mediáticas para transitar de la categoría del "buen salvaje", que nos proyectaba Discovery Channel en sus programas sobre culturas exóticas, al peligroso inmigrante de la nota roja. Aunque en Estados Unidos y Europa son una realidad concreta, los que los vuelve amenazadores no es su presencia en las calles, sino su inquietante visita en nuestra salita de ver la T.V. Éste dejó de ser el buen salvaje desde que abandonó los confines de su mundo de danzas rituales y conjuros mágicos y se convirtió en un mal salvaje, incivilizado en nuestras sociedades occidentales.
Los medios de comunicación no hacen más que confirmar lo que imaginamos y damos por cierto acerca de las motivaciones y comportamientos de estos inmigrantes o marginales que atiborran nuestras ciudades, o a la inversa, en un juego de espejismos, ratificamos lo que dicen los medios porque, cual profecía autocumplida, siempre sabemos de alguien, hermano de la novia de mi cuate, que vio o escuchó, que un ¿extranjero?, es decir un delincuente, mal salvaje, le robó el móvil, el IPOD o la billetera, al primo de la cuñada del vecino de enfrente.
En estas condiciones de desasosiego provocadas por los otros, el celular constituye un bálsamo tranquilizador que nos permite amarrar a los nuestros en tribus de pertenencia constituidas en redes de familias, amigos, empleados, compañeros de trabajo, clientes, alumnos o pacientes, y también, un mecanismo de afirmación de la identidad individual, familiar y grupal a través de las conversaciones, referencias, y complicidades que sólo hacen sentido entre los miembros de cada tribu. Tal vez eso explique lo que nuestros entrevistados denominan la necesidad "de hablar por hablar, nomás" a todas horas y en todos lugares con los más cercanos, y, la indiferencia que provocan en los "otros" esas conversaciones ajenas:
| Yo creo que todos oímos esa conversación indirectamente, sin querer uno la oye, pero la oyes un segundo o dos y sigues con tu tema con la persona o con tus cosas (Eric, 23 años empleado en una vinatería) |
Pero también existe otra clase de otredad, si cabe, más amenazara que la de los "otros distantes", se trata de la otredad digital. Un universo de competencias, lenguajes y códigos propios que encierran las computadoras e Internet, inaccesible aún para la mayoría, que además de las consabidas desigualdades históricas que condicionan el acceso de los más pobres y marginados social, económica y culturalmente, ha inaugurado una nueva clase de alteridad que se expresa generacionalmente.
Para los adultos Internet representa una experiencia de alteridad, para los jóvenes constituye su alter ego. La diferencia está en la manera que los unos y los otros asumen los retos y desafíos que plantean las nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC). Mientras los jóvenes se funden con ellas, estableciendo un continuum entre el mundo off line y on line, los adultos se enfrentan en una batalla de alteridades contra las "máquinas":
| Como tres veces borré toda mi información, y lloré, y lloré, y juré que no volvería a tomar ese aparato, pero es obvio que el ego no me dejó, cómo un aparatejo iba a ser más inteligente que yo. (…) No creo que me haya ganado, pero si creo que me va ganando, es un proceso muy lento para poder entender algo con lo que te tienes que familiarizar de golpe. (Guadalupe. 51 años. Directora de secundaria) |
Pero a diferencia de los otros distantes, inmigrantes, delincuentes, chavos bandas, o indígenas, las computadoras no parecen conmoverse cuando las estigmatizamos. Podemos discriminarlas de nuestras vidas, de lo cual se enorgullece el escritor Javier Marías, pero eso no impedirá que sigan afectando el núcleo vital de nuestra existencia contemporánea:
| "Yo me blindo lo más que puedo: para empezar; continúo sin móvil; el contestador está siempre puesto; como a veces eso no basta, desconecto teléfono y fax durante horas; en cuanto puedo me largo a una ciudad recóndita, a un refugio en el que no hay nada de eso ni recibo correo ordinario; y por supuesto no he dejado entrar a mi casa un ordenador, con su agobiante e-mail incorporado" (2006:106) |
El proceso de socialización de las nuevas tecnologías en ambas generaciones puede pensarse a partir de la metáfora afortunada de Prensky (2001) "inmigrantes y nativos". Los adultos inmigrantes, obligados por sus circunstancias, tienen que lidiar en un mundo que no fue concebido por ellos ni para ellos, que no reconoce sus tradiciones ni habilidades previas en el manejo práctico y simbólico del lenguaje, y que escapa al control de la experiencia tecnológica anterior (Winocur, 2007). Por su parte los jóvenes, que llegaron muy pequeños a este mundo virtual, o los adolescentes que prácticamente nacieron en él, se mueven con la soltura y naturalidad de los nativos:
| "Se trata de gente entre 35 y 55 años que no es nativa digital. Ello (nosotros) son (somos) los inmigrantes digitales. Por el contrario, los consumidores y próximos productores de casi todo lo que existe (y existirá) son los nativos digitales, y entre ambas macro generaciones las distancias son infinitas, y la posibilidad de comunicación y de coordinación conductual se vuelve terriblemente difícil, sino imposible a menos que existan mediadores tecnológicos intergeneracionales" (Piscitelli, 2005) |
Precisamente, el teléfono celular constituye en uno de estos "mediadores tecnológicos intergeneracionales" que permiten a los adultos incluirse en el universo digital, pero también en el mundo de los jóvenes. De todas las nuevas tecnologías de comunicación existentes en el mercado, el celular es la única que permite enlazar a todos con todos, independientemente de sus habilidades y competencias tecnológicas, garantizando la inclusión en un mundo cuya representación se ha desplazado de lo palpable a lo comunicable: "La era de la comunicación mundial se caracteriza, sobre todo, porque la percepción de la comunicación sustituye a la percepción del mundo." (Boltz, 2006:7).
Objeto transicional para aliviar la separación de la familia
La necesidad de estar permanente e instantáneamente en contacto, no es una consecuencia automática de las nuevas tecnologías, ni tampoco nació con ellas, sino de la experiencia urbana de ser y estar en la ciudad de los últimos 30 o 40 años. Cuando la distancia y el tiempo no mediaban de forma tan contundente la comunicación en la familia, y el adentro y el afuera no marcaban tan dramáticamente la separación entre lo seguro y lo inseguro, estar en contacto significaba dar un grito desde la cocina para anunciar que ya está lista la comida, caminar tres cuadras para llevar y traer los hijos a la escuela, viajar o caminar 20 o 30 minutos para llegar al trabajo o al cine, y ausentarse por cortos y sobre todo previsibles lapsos de tiempo del hogar. Todo esto en un esquema que depositaba en la figura materna la centralización y organización de la vida doméstica y en la figura paterna la provisión del sustento económico.
Obviamente, el panorama ha cambiado. En la mañana temprano toda la familia se desplaza a su trabajo o a sus actividades, en muchos casos también la madre que se ha incorporado plenamente al mercado laboral. La única certeza cotidiana es el momento de salir de la casa, pero de ahí en adelante, real y fantasmagóricamente, cualquier cosa puede ocurrir:
| Uno sale diario y no sabes si llegas o te quedas a medio camino, pero tampoco puedes estar con está situación de miedo (…)uno sigue y contempla las posibilidades (…) todo puede pasar o nada, igual uno va con la vida con precauciones, pero nada podemos hacer. (Manolo, 27 años, empleado bancario) |
El tráfico, la inseguridad que se ha instalado como una sombra siempre acechando nuestros pasos; y el aumento de los tiempos requeridos para trasladarse, provocan una sensación de desamparo e incertidumbre en las familias. El tiempo de espera está fuera de control, no sólo porque ha aumentado considerablemente y transcurre en escenarios cambiantes y amenazadores, sino porque se ha vuelto caprichoso e imprevisible.
En la perspectiva planteada, la necesidad de monitorear permanentemente a los hijos, no sólo representa una estrategia de control de sus pasos, sino una recreación de la disponibilidad inmediata que existía cuando éstos pasaban mucho tiempo en el hogar. En el móvil no sólo se pregunta dónde estás y a qué hora vas a llegar, sino también la receta de cocina, se encarga algo de la tienda, o estando en el supermercado se corrobora si falta tal o cuál cosa, se cuentan chismes de último momento, o se avisa de algo que está pasando en la tele o en la radio, los niños preguntan a las mamás por la tarea, o dónde se encuentran los zapatos limpios., o los padres divorciados pueden comunicarse con sus hijos sin la mediación de la "ex".
| El móvil a marcado mucho la relación que tengo con Daniel (su hijo), como casi nunca nos vemos, generalmente estamos en contacto por el móvil, por lo mismo le compré un teléfono (Juan, maestro, 48 años, subdirector escuela secundaria). |
Claro, que esta comunicación tiene sentidos distintos para los padres y para los hijos. Los padres necesitan establecer una "correa digital" (Ling, 2002), con el objeto de que sus hijos estén disponibles y visibles para calmar la ansiedad del afuera que no pueden controlar desde el adentro. Y los hijos, aunque reconocen esta necesidad de los padres, y en muchos casos les sirve para ampliar las concesiones de horarios o cambiar los acuerdos preestablecidos, necesitan, por una parte, marcar distancia de sus padres, y por otra, estar disponibles y visibles en un entramado virtual que conecta a través del teléfono móvil, Internet y el IPOD, sus propias redes de pertenencia que transitan del mundo off line al on line:
| Con los amigos está el rollo de qué haces, o cómo te va, que si te quedas de ver (…) Cuando son compañeros de la escuela de las tareas o de algún trabajo que tengas. A veces nada más por simple gusto de que andas solito y pues le marcas a alguien (…) Con mi familia que si vas bien, que si llegas tarde, o para regañarte porque no aviso que llego tarde (…) Mi mamá a veces me habla y me desespera porque me dice las cosas como si no fuera a llegar a la casa" (Alejandra, estudiante de enfermería, 20 años) |
La tensión entre la necesidad paradójica de aumentar el grado de autonomía, y al mismo tiempo no perder las certezas que brinda la pertenencia a una red de protección familiar, se expresa en una especie de "pacto de simulación" (Fortunati y Manganelli, 2002) que se instituye a través del celular, donde los padres simulan tener el control de sus hijos sin conseguirlo del todo, y los hijos simulan la independencia de los padres sin conseguirlo del todo. Este pacto de simulación, que también constituye una condición de inclusión y visibilidad dentro de la red de pertenencia, le exige a sus miembros estar siempre conectados, disponibles y localizables. Hay dos frases que se han popularizado cuando se inicia la comunicación con el celular y que son altamente significativas: ¿Dónde estás?, ¿por qué no respondías el celular? o ¿por qué lo traías apagado? Salvo que se tenga una buena excusa y que además sea creíble, ¿quién se puede dar el lujo de apagar el celular y no ser sospechoso de infiel, desconsiderado con la angustia de los suyos, o de estar ocultando algo? La renuncia a estar visible también puede ser interpretada en clave de alarma: sufrió un accidente, fue víctima de la delincuencia, o simplemente está deprimido:
| Apenas lo apagas ya toda la banda se histeriza (sic) "¿dónde está? ¡Lo asaltaron! ¡Se le cayó! ¡Ya lo perdió! Entonces creo que más bien te esclaviza (Claudia, 25 años, empleada en SKY). |
La visibilidad es la condición de la existencia, de la integridad física y mental, y de la lealtad a la familia, la empresa o al grupo de amigos. "Mi territorio personal está redefinido por la aparatología que me acompaña al tiempo que la topología corporal sufre un cambio imprevisto: me pierdo en el mundo para volverme enteramente encontrable" (Quevedo, 1997:8)
En el caso de Internet, las personas pueden mantener una relación de mayor independencia o prescindencia con los canales que brinda el correo electrónico, el Messenger, las comunidades virtuales o el Skype. Se tolera que alguien no conteste enseguida o simplemente no conteste, que decida entrar y salir de una comunidad, que se desconecte de un juego on line para conectarse más tarde, o que juegue a ser otro. Pero estas licencias no están autorizadas para el teléfono celular. "Mientras los posmodernos celebran la movilidad y el nomadismo, la desterritorialización y la facilidad con que nos comunicamos, en verdad no todos pueden escapar a la exigencia de disponibilidad constante" (García Canclini, 2007:60). Una vez que alguien fue iniciado en la comunidad de los que ya son responsables de poder sostener la red de pertenencia y protección familiar, cosa que generalmente hacen los padres a través del ritual de regalar un celular a los hijos para Navidad o su cumpleaños, difícilmente puede escapar sin sufrir severas sanciones. Una de mis informantes me relató como su madre le dejó de hablar por dos meses cuando después de perder su celular se negó a comprar uno nuevo:
| Al perder el celular mi madre me ofreció dinero para que comprara uno nuevo y me negué. (…) Era ya una decisión tomada, así que en medio de una comida de domingo tuve que comunicar con la seriedad debida, como cuando avisé que me retiraba formalmente de la iglesia católica, que no volvería a comprar un celular, que no me insistieran más en ello, que no quería que nadie me regalara uno y que simplemente ya no quería un celular y punto (…) El resto de la comida no volvimos a hablarnos (…) Los días pasaron y ella seguía sin hablarme. (…)Cuando avisé mi salida de la iglesia ni siquiera se enojó conmigo, y no es que ella aprobara esa decisión, (…) pero lo del celular fue para ella un definitivo exceso, no tenía que ver con mis ideas de joven rebelde, tenía que ver con cortar el vínculo que ya habíamos establecido sin palabras; como si el celular fuera el cordón umbilical moderno y yo lo había cortado. (…)(Gabriela, 26 años, empleada en una tienda de arte). |
La metáfora que utiliza nuestra entrevistada para definir el tipo de relación que su madre quiere reinstalar a través del celular: "el cordón umbilical moderno", nos parece altamente significativa para explicar el fenómeno de la codependencia. A los largo de nuestra vida existen diversos rituales (el bautizo, la fiesta de los 15 años, recibir las llaves de la casa, obtener la credencial para votar a los 18 años, la ceremonia de graduación, el casamiento, etc.), para marcar el pasaje de etapas de mayor dependencia e inmadurez a otras de mayor autonomía y madurez, pero el celular ha inaugurado un ritual de regresión a la seguridad del vientre materno.
Una psicoanalista entrevistada se quejaba de cómo los pacientes no podían desconectar su celular antes de entrar a la sesión. "Este es un espacio donde simbólicamente se deja a los otros reales afuera para poder procesar la relación con ellos en un plano imaginario, pero si estos otros están permanentemente interrumpiendo se pierde la necesaria distancia analítica" (Graciela, 56 años, psicoanalista). Otro psicoanalista comentaba del caso de un paciente, que por el contrario, no podía tolerar que el espacio de análisis se redujera a la dos o tres horas semanales pactadas, y le enviaba mensajes todo el tiempo a su celular tratando de ampliar los límites de la relación instalándolo dentro de sus redes cotidianas.
Más allá del sentido particular que estos actos puedan tener en la historia de cada persona o paciente, lo que resulta interesante de recuperar desde el punto de vista antropológico, es como en condiciones sociales de amenaza o de privación, reales o imaginarias, las familias no pueden elaborar el duelo de la separación y necesitan recrear "un objeto transicional" en el sentido de Winnicott, (1999), una "zona de experiencia intermedia"(5) como aquella que le permitía al bebé separarse del pecho materno y aferrarse al osito de trapo para poder tolerar la separación.
| (…)La vida no te permite establecer otra manera de contacto, las distancias cada día son más grandes… resulta imposible tener contacto personal con mucha gente… uno busca la manera de acortar distancia. Otra es también la situación de inseguridad …mi mamá cree que si tenemos un teléfono en el que nos encuentren todo el tiempo, la posibilidad de que nos pase algo baja y eso no es para nada una posibilidad…todos, con teléfono o sin él estamos igual de expuestos (Manolo, 27 años, empleado bancario) |
Pensamos que el celular en ese sentido reúne todas las cualidades de un objeto transicional: es portable, manipulable, al hablar siempre se lo mantiene
cerca de la boca, puede ser personalizado a través de fotos, canciones o repiques, tiene un efecto calmante, y su pérdida u olvido produce mucha angustia.
Artefacto totémico para fijar el hogar como centro del mundo
Los escenarios donde se desarrolla la comunicación familiar han trascendido con mucho a los espacios domésticos y fijos enclavados en lo local. Ahora se produce en lugares cambiantes, en movimiento y rompe con todas las definiciones de carácter formal que establecían los límites de lo que era un acto privado, familiar, o íntimo, respecto a uno público, laboral, escolar o institucional. No obstante, el centro regulador y gravitacional de estas "privacidades nomádicas" que se ejercen en el espacio público, sigue siendo el hogar sedentario, y todavía, en muchos casos, bajo el cobijo de la madre.
| Estoy siempre en casa, A mi siempre me recibe el teléfono (risas) yo soy la dueña de la base.(…) Nada más recibo la llamada y hago llamadas, (Graciela, 59 años, ama de casa) |
Lo que ha cambiado son las estrategias para asegurar su preeminencia y supervivencia. Tradicionalmente el hogar constituía el punto de partida y de retorno de la familia. Y estos dos momentos se organizaban alrededor de rituales cotidianos como esperar la llegada del padre y de los hijos para cenar, comentar los acontecimientos del día, o ver las noticias en la tele. Pero desde que se ha vuelto tan complicado e incierto asegurar el retorno a una cierta hora, y en muchos casos simplemente que se produzca, la familia necesita actualizar el sentido de estos rituales a todas horas:
| Mi madre, que sufre del síndrome del nido vacío, me llama todo el tiempo para preguntarme: que si llegaste o que si te fuiste, con quién estas, dónde estás, a qué hora llegas, vienes para comer, llegas tarde, vienes temprano, qué haces, ya comiste?, ¿llevas algo con que taparte que hace frío? (…) Una puede comer o no los guisos de mamá, una puede atender o no las festividades familiares, en lo único que no hay negociación es en no atender al celular(…) Pasadas las 18 horas todo aquel que no haya llegado a la casa tiene que reportarse, de lo contrario recibirá una llamada desde la torre de mando" (Raquel, 26 años, empleada en una consultora) |
La preocupación siempre se expresa como el temor de que en el camino ocurra algo que les impida regresar, de ahí la necesidad de estar monitoreando los pasos de los hijos, no sólo con la idea de acompañarlos en el trayecto sino de fijarlos en un punto en el espacio (dónde estás), y en el tiempo (a qué horas vas a volver).
En el sentido expuesto podríamos pensar al teléfono móvil como un artefacto totémico, que nos permite asegurar en cualquier punto de nuestro desplazamiento cotidiano al hogar como centro del mundo. La antropóloga italiana, Amalia Signorelli, citando los trabajos de Martino (1958) para ilustrar ciertos rituales urbanos, relata que los Achispa, una población indígena australiana nómade, llevan siempre el palo totémico o kauwa-auwa para celebrar un complejo ritual en cada nuevo lugar de residencia. El significado principal de esta ceremonia es reiterar el centro del mundo y renovar a través de la ceremonia el acto fundacional del lugar original. "En los momentos críticos cuando la historicidad de la nueva situación denunciaba su angustiante presencia, ellos inclinaban el eje del mundo (el palo kauwa-auwa) hacia la dirección de la marcha, de modo que la nueva dirección era incorporada en el centro, el caminar venía rescatado como un estar, y la angustia paralizante era vencida, o al menos reducida" (1999:28). De manera análoga, los miembros de las tribus urbanas llevan su celular empuñado en la mano mientras caminan, en virtud de lo cual se desplazan manteniéndose siempre en el centro. "Con esto el lugar 'nuevo' es sustraído a su angustiante historicidad, a su arriesgado caos, y se vuelve repetición del mismo lugar absoluto, del centro" (1999:27). Signorelli, señala que una vez que se fija el centro con el gesto ritual de inclinar el palo en la dirección de la marcha, se pueden marcar simbólicamente los límites, lo que permite "transformar una tierra desconocida y peligrosa en un territorio familiar que se recorre sin riego" (1999:28).
De ahí que, cuando los miembros de una familia se comunican en la calle, el supermercado, el autobús, o en la fila del banco, más que un acto de privatización del espacio público, ejercen un acto de domesticidad. Al atender el móvil se desconectan de las miradas del exterior y se conectan con la intimidad del espacio familiar o de la pareja:
No es que no me importe que los otros escuchen (…) Te sientes en tu burbuja. (…) parece que nadie entiende que no estás solo con tu teléfono, en realidad estás con las otras personas (…) la idea es que vas con más gente, pero cuando suena el teléfono como que las eliminas, es muy loco (Alejandra, 20 años, estudiante de enfermería.)
Según lo que manifestaron nuestros entrevistados, no pareciera haber ninguna preocupación por quién escucha, o la opinión que se forme de su conversación en los espacios anónimos del autobús, el restaurante o el supermercado, porque en realidad están en casa. A su vez, los demás, en realidad no escuchan. La conversación del otro les resulta familiar y ajena al mismo tiempo, familiar porque reconoce las mismas rutinas y preocupaciones domésticas de su vida diaria; ajena, porque no son las suyas, y no se sienten interesados ni involucrados en su contenido, algo así como escuchar por el cubo del edificio los ruidos y conversaciones de los vecinos.
Esta cuestión plantea una cuestión interesante acerca del estatus que asume lo público y lo privado con estas interrupciones constantes de voces que gritan asuntos domésticos, personales o laborales, sin ningún pudor en espacios que tradicionalmente se asumen como de uso público. Los entrevistados manifestaron tener diferentes criterios para decidir en qué ocasiones el celular se apagaba, se dejaba en vibrador o no se respondía. En el teatro se apaga, en el cine se deja en vibrador, en el banco, en el hospital, en la iglesia o en clase, se apaga o se deja en vibrador por coerción de la institución. Entre los jóvenes la tendencia predominante es de no apagarlo nunca, a los sumo dejarlo en vibrador salvo en los recitales, donde está socialmente aceptado que se use como antorcha para acompañar en la oscuridad al artista, se deje encendido para que la pareja o la familia también puedan participar del espectáculo, o poder comunicarse con los demás en caso de perderse.
A diferencia de otras modalidades de privatización de lo público (topes, tiendas de campaña, mesas de restaurantes en las aceras, ocupación de predios y calles por vendedores ambulantes o manifestantes, etc.), el celular no impone una marca de propiedad en el espacio público, sino que amplia el área de influencia de lo privado en compartimentos virtuales que funcionan como extensión del hogar. Difícilmente podemos hablar entonces de que el uso del teléfono celular privatiza los espacios públicos cuando su uso en público ya ha sido legitimado socialmente. Parece más apropiado hablar de una fragmentación en pequeñas esferas en el sentido de Keane (1997). Algunas de estas esferas son altamente restrictivas del uso del celular, como muchas empresas que ya obligan a sus empleados a dejarlo en una mesa fuera de la sala de juntas, los profesores exigen que se apague antes de entrar a la clase, o los hospitales, gasolineras y bancos prohíben su uso dentro de sus instalaciones. Otras operan con ciertas restricciones y prescripciones sobre su uso, como en el cine que se admite dejarlo en vibrador, y otros como la calle, las plazas, los centros comerciales, los tianguis, el transporte público, se consideran territorio libre. Lugares todos, que además de públicos y "libres" son de circulación constante. Es interesante observar que las restricciones siempre se imponen en espacios fijos, cerrados y organizados según cierta lógica institucional. Tal vez, lo que realmente se ha vuelto público no sea tanto el espacio en sí mismo como la posibilidad de circular por él. De ahí que provoque tanta indignación en los ciudadanos el bloqueo de los caminos, calles o autopistas, ya que sólo el que puede circular libremente puede asegurar su regreso al hogar como destino final.
Dispositivo simbólico de control y disciplinamiento social
Entre 1988 y 2006, la famosa modelo Noami Cambell recibió tres demandas por haber golpeado a sus asistentes con el teléfono fijo, el teléfono móvil y la agenda electrónica, respectivamente (Aguayo, 2006:64). Podríamos pensar que en el momento de la furia la famosa modelo atacó a sus asistentes con un teléfono celular porque era lo "que tenía a la mano", o simplemente "en la mano", el caso es que el teléfono fue usado como una artefacto para agredir y no para comunicarse, o más precisamente para "comunicarse agrediendo".
Está claro que la mayoría de nosotros no usamos el celular para agredir físicamente a los demás, no obstante nos gustaría señalar que éste no sólo es un recurso simbólico para afianzar nuestras redes afectivas o laborales, sino también para ejercer nuestra cuota de poder cotidiano. Este pequeño aparato, que sintomáticamente tiene forma alargada y no redonda, también lo empuñamos para señalar, reprender, acompañar nuestra gesticulación, o lo manipulamos compulsivamente para jugar, revisar o mandar mensajes de texto. Yendo más lejos aún, una película reciente muestra como la protagonista originalmente frígida se masturba con el vibrador de su teléfono móvil y de esa forma alcanza el orgasmo.
El celular alberga y sostiene nuestras redes, nuestros contactos, y nuestros afectos, pero también expresa poder sobre nuestro cuerpo y el cuerpo de los otros, sobre nuestro tiempo y el tiempo de los otros, sobre nuestros territorios reales, imaginarios y virtuales. Si alguien recibe pocas o muchas llamadas o mensajes, expresa no sólo su pertenencia, sino su control sobre el sistema de redes. El poder simbólico se mide por el acceso a la información clave en la red y también por la lista de contactos disponibles. De ahí que los contactos, no sólo hay que tenerlos sino también exhibirlos frente a los otros. Se trata de un capital social cuya eficacia no sólo se mide en el tamaño de redes de pertenencia, sino en las reciprocidades virtuales que generan o ratifican símbolos de identidad del grupo: "Te mando una foto de la última vez que estuvimos juntos, me mandas un tono de celular que no tenga nadie, te bajo una canción para que se la pases a todos los del grupo".
El celular también marca territorios de inclusión y exclusión. Cuando las personas deciden a quién atienden o a quién no, cuando cuchichean para evitar que los otros se enteren del contenido de la conversación, o cuando hablan en voz alta para marcar un territorio o exhibir la extensión o la solidez de una red de pertenencia, no queda la menor duda de quiénes están incluidos dentro del circuito de la comunicación y quiénes no. Dentro de este esquema de poder el celular también se usa para castigar a los nuestros, negándoles la fuente primaria del control de la incertidumbre. Concientes como estamos de lo imprescindible que se ha vuelto estar siempre visibles para los nuestros, podemos ejercer el poder de incomunicarlo, simplemente desconectando el teléfono, no atendiéndolo o pasándolo al buzón.
| Hay gente que es muy pesada y entonces finges demencia y ya después cuando te llega a pescar te inventas algo como que no escuchaste o se te olvido en algún lado… la verdad eso lo aplicamos muchos" (Alejandra, estudiante de enfermería, 20 años). |
| No tener acceso (al celular y a Internet) limita a las personas… es como no tener televisión…te limitas y se hace una onda marginal…(Manolo, 27 años) |
Los que se resisten a usar el celular argumentan que no quieren someterse a la esclavitud de estar todo el tiempo localizables. Lo viven como una pérdida de independencia radical, y son muy críticos de lo que denominan una adicción al celular. Dicen que la gente se aísla, que se pierde el contacto cara a cara, que los vínculos se empobrecen. Esta postura puede ser interpretada como un acto de reafirmación de su autonomía pero también de rechazo a la exclusión a la que se ven sometidos, cuando están con alguien y éste se desconecta momentáneamente de su mirada, de su atención e interlocución para mandar un mensaje, o contestar una llamada en una plática de café, una reunión de trabajo, o un momento de intimidad con la pareja.
| Me molesta cuando estás hablando algo importante, suena el celular y atienden más al teléfono y te dejan plantado (…), también me enoja que hablen cuando estás comiendo con alguien (Manolo, 27 años, empleado bancario) |
Al parecer, en las redes familiares, quiénes organizan, sostienen y fiscalizan la cohesión, extensión y disciplina de sus miembros, son las mujeres, particularmente las madres. Entre nuestros entrevistados muchos coincidieron que quienes hacen un uso más intensivo y extensivo del celular son las mujeres:
| Una mujer es todo, es ama de casa, se preocupa por su hijos, se preocupa por saber donde están, si se pago esto, porque es un medio para estar comunicada ¿no? Para mantener contacto con las cosas y es ese, al fin y al cabo, mantener control sobre algo y el hombre es más así como "pues no llego, al rato llegará" (Claudia, 25 años, empleada de SKY) |
Internet se ha convertido en un desafío mayúsculo a la autoridad de los padres, no sólo porque los vuelve impotentes para controlar sus pasos dentro de la Web, sino que los excluye de todo lo que se ha vuelto relevante para sus hijos en términos de intereses y sociabilidad(6). Por el contrario, el teléfono celular restablece cierto orden familiar basado en la autoridad y el derecho de los padres, particularmente de la madre, a saber siempre dónde, y con quiénes están sus hijos:
| Los papás usamos más el celular, si no cómo los vigilamos, cómo andamos atrás de ellos (…) Porque yo tengo dos monstruos, entonces el monstruo grande va por el monstruo chiquito a la escuela, entonces tengo que hablarles para ver dónde andan, para ver si ya llegaron a mi casita (María de los Ángeles, 47 años, contadora) |
En el sentido expuesto, podríamos pensar al celular como un dispositivo de disciplinamiento y control social fuera de la órbita del Estado, de los padres hacia los hijos, de los jefes a sus subalternos, o del líder de la banda hacia sus integrantes. Aunque cada una de esas redes tenga una autonomía relativa, miradas en conjunto parecieran haber instaurado un nuevo orden social basado en un régimen de visibilidad y comunicabilidad absoluta: sólo lo que es visible es comunicable, y sólo podemos comunicar lo que es visible.
Comentarios finales
A diferencia de otras tecnologías de comunicación donde el mercado marcó las tendencias del consumo, en el caso del móvil fue la adhesión inusitada y explosiva de los usuarios la que puso a trabajar al mercado para generar opciones de diseño y paquetes tarifarios para todos los gustos y diferencias socio culturales. Actualmente los hay muy caros con sofisticadas aplicaciones multimedias destinados a las elites informáticas, los ejecutivos, los ricos y los jóvenes con alto poder adquisitivo, y, también, los hay muy baratos y simples para los pobres, ancianos, amas de casa, indígenas e inmigrantes: "La mercadotecnia comenzó a entender que la industrialización de la cultura prospera si se hace cargo de las diferencias entre las naciones y las etnias, los hombres y las mujeres, si produce bienes diferentes para los de 60, 40, 15 y 8 años"(García Canclini, 2006:7).
Por lo cual en la última década pasó de ser un objeto de lujo, ostentación o esnobismo entre las clases más pudientes, a ser un objeto indispensable. Se produjo un "desmoronamiento progresivo de las fronteras en las calificaciones sociales de este soporte, que han recorrido este itinerario: interesante- útil- conveniente-necesario- imprescindible" (Vilchez, 2000:3) El tránsito de lo "snob" como sello de distinción, a lo "imprescindible" como símbolo de pertenencia y seguridad se explica porque el celular se volvió clave para mantener la cohesión imaginaria de los espacios seguros donde habitan nuestras certezas, porque nos permite exorcizar a los fantasmas de la otredad, cuando no cubre bajo el manto protector de estar siempre comunicados con "los nuestros".
El teléfono móvil representa una extensión del hogar y, consecuentemente, del ámbito privado. La escena de los móviles repicando y las personas hablando a través de estos aparatos en el tren, el autobús o el metro, ya es parte de la estética global de las nuevas formas de visibilidad y comunicación, sin embargo los asuntos que tratan son de orden estrictamente personal, familiar o laboral, y eso le imprime a la comunicación digital un rasgo cultivadamente local. "La revolución del móvil hay que entenderla no desde la 'movilidad' sino que este aparato es fundamentalmente personal, privado, para uso local y para relaciones de tipo afectivo" (Lorente, 2002:16).
A diferencia de Internet, que fue definido por la mayoría de los entrevistados como un espacio público, inlimitado, abierto, de información, que posibilita relacionarse o coquetear con desconocidos o conocidos, salir y entrar cuantas veces se lo desee sin sufrir condena, sanciones, marginación, el móvil siempre fue definido como un ámbito de redes privadas, personales y locales. Difícilmente alguien pueda integrarse a una lista de contactos del móvil de otra persona si no fue presentado, derivado, autorizado o recomendado.
Cuando los hijos y los padres están fuera de la casa, el modo más habitual de comunicarse es a través del teléfono móvil. Antes también lo era el teléfono, pero lo que ha cambiado es el sentido de la comunicación y de la disponibilidad. La ansiedad de "no estar localizable" o la necesidad de "estar permanentemente localizable" no se relaciona tanto con la compulsión por privatizar, interrumpir o invadir el espacio público (Wellman,1999), -como sostiene mucha de la bibliografía y el sentido común-, sino con la necesidad de extender el anclaje doméstico y familiar en el espacio público como una forma de contrarrestar la incertidumbre y de llevar consigo las certezas.
En el contexto de los continuos desplazamientos cotidianos, virtuales y reales, que realizan los habitantes de las ciudades, el teléfono celular es visualizado como una estrategia individual y colectiva de cohesión, visibilidad e inclusión social. Estar comunicado en sentido amplio no sólo representa una defensa contra la dispersión, sino fundamentalmente una defensa contra la exclusión.
1 Hace un año Gustavo Lins Riveiro me incitó a investigar sobre la apropiación de los celulares en la vida cotidiana. Le debo la sugerencia, pero no es responsable por sus resultados.
2 Datos recientes (julio 2007) indican de que en estos momentos 2.600 millones de personas tienen acceso a un móvil, lo cual significa que casi el 50% de la humanidad está conectado de alguna forma a través de un celular Fuente: Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Movile World, una empresa de análisis de telecomunicaciones del Reino Unido, pronosticó con base en la demanda de los mercados emergentes de Asia y China, que a fines del 2007 más de tres mil millones de personas tendrán un teléfono móvil. Su presidente, John Thysve, declaró: "Tomó unos 20 años conectar a los primeros mil millones de suscriptores, pero sólo 40 meses llegar a los 2 mil millones. El hito de los 3 mil millones se superará en julio de 2007, justo 2 años después". www.cinit.org.mx
3 En África muchas aldeas se comunican con sus parientes que migraron a Europa a través de un solo aparato.
4 Esta artículo intentará responder a algunos de estos interrogantes a partir de los datos que arrojó una investigación de carácter socio-antropológico realizada en la Ciudad de México durante 2007 sobre las representaciones y prácticas de interacción con el teléfono celular. La unidad de observación y análisis fue la familia, por considerar que constituye una de las redes fundamentales donde se organiza y se instituye el consumo cotidiano del celular. Se entrevistaron a los miembros de 16 familias del Distrito Federal y del Municipio de Chalco del Estado de México. Las familias fueron seleccionadas atendiendo al criterio fundamental de que todos sus miembros tuvieran un celular y lo utilizarán habitualmente para comunicarse. Esta decisión se tomó en virtud de que las variables socio-económicas clásicas no constituyen categorías relevantes para explicar el fenómeno en estudio a partir de los interrogantes planteados en dicha investigación.
5 Según Winicott, la necesidad de un objeto transicional "Puede que reaparezca, a una edad más avanzada, cuando la privación se cierne sobre el individuo" (1999:311) "La tarea de aceptación de la realidad jamás es completada, que ningún ser humano está libre de la tensión que ocasiona el relacionar interior con la exterior y que el alivio de tal tensión lo aporta una zona intermedia de experiencias que no es disputada (el arte, la religión, etc.) (Winicott, 1999:322)
6 Un libro que acaba de salir a la venta, Técnicas de hacker para padres, sostiene como declaración de principios que "espiar a los hijos es casi un deber". Mediante las técnicas y recursos facilitados por la autora, Mar Monsoriu, los padres podrán leer lo que sus hijos escriben en el correo electrónico, revisar qué páginas visitan, con quién chatean y qué fotos o videos suben a la red. Además la autora aconseja no comunicar a los hijos adolescentes que se instalarán los controles: "Reaccionarán exigiendo su derecho a la intimidad y el control se convertirá en una fuente de conflicto" (Zafra, 2007:47)
Bibliografía citada
Aguado, Juan Miguel y Martínez Inmaculada (2006) "El proceso de mediatización de la telefonía móvil: de la interacción al consumo cultural", Revista Zer, Pp. 319-343Aguayo, A. "Quitadle el móvil a Naomi Campbell" El País, 01/10/06, p. 64Beck, Ulrich (1998) La sociedad del riesgo. Paidós Básica. Barcelona.Bolz, Norbert (2006) Comunicación mundial, Editorial Katz, Buenos Aires.Duby, Goerges (1995) Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos, Editorial Andrés Bello, Santiago.Fortunati, L. (2000) The movile Phone: New Social Categories and Relations. http://www.telenor.no/fou/prosjekter/Fremtidens_Brukere/seminarer/movilpresentasjoner/Proceedings%20_FoU%20notat_.pdfFortunati Leopoldina y Manganelli Anna María (2002) "El teléfono móvil de los jóvenes". Revista de Estudios de la Juventud, N° 57, 2002, Madrid. Pp. 59-78.García Canclini, N. (2006) "La modernidad en duda". Análisis de la Encuesta Nacional de la Juventud 2005. Instituto Nacional de la Juventud.García Canclini, Néstor (2007) Lectores, espectadores e internautas. Gedisa, Barcelona. Haddon, Leslie (2002) "Juventud y móviles. El caso británico y otras cuestiones" Revista de Estudios de la Juventud, N° 57, 2002, Madrid. Pp.115-124Katz, James E.; Aarhus, Mark (2002) "Introduction: Framing the issues" Perpetual contact. Mobile Communication, Private Talk, Public Performance. Cambridge: Cambridge University PressKeane, J. (1997) "Transformaciones estructurales de la esfera pública", en Estudios Sociológicos, El Colegio de México, Vol.XV, Nº43, enero-abril.Ling, Rich (2002) "Chicas adolescentes y jóvenes adultos varones: dos subculturas del teléfono móvil" Revista de Estudios de la Juventud, N° 57, 2002, Madrid. Pp.33-46.Ling, Rich (2004) The Movile Connection. The cell Phone's Impact on Society. San Francisco: Morgan Kaufmann Publishers.Lorente, Santiago (2002) "Juventud y teléfonos móviles: algo más que una moda" Revista de Estudios de la Juventud, N° 57, 2002, Madrid. Pp.9-24Prensky, Marc (2001): "Digital natives, Digital Immigrants". From On the Horizon. NCB University Press, Vol. 9, N° 5. Disponible en www.marcprensky.comQuevedo, Luis Alberto (2007) "Portabilidad y cuerpo. Las nuevas prácticas culturales en la sociedad del conocimiento" Ponencia presentada en el Seminario sobre Desarrollo Económico, desarrollo social y comunicaciones móviles en América Latina, Fundación Telefónica. Buenos aires, 20-22 de abril.Marías, Javier (2006)"Adicción e incontinencia", El País Semanal, N° 1569, 22 de octubre.Seguí Dolz, J. y Gil Juarez, A. (2006) "Teléfonos móviles: ¿Ángeles o demonios? Reflexiones para un análisis Psicosocial desde la Noción de tecnologías de relación" Observatorio para la Cibersociedad. III Congreso Online.Signorelli, Amalia (1999) Antropología urbana, Anthropos/UAM, Barcelona.Vílchez, Luis F. (2000) "Análisis de pautas educativas familiares en el uso del teléfono móvil". Ponencia. www.fedap.es/congreso_/trabajos/c132.htmWinnicott, Donald (1999) Escritos de pediatría y psicoanálisis. Paidós, Barcelona.Winocur, Rosalía (2007) "Los unos y los otros. Inmigrantes y nativos en el mundo de las TIC". Anuario de antropología. Instituto de Ciencias Sociales. Universidad de Brasilia.Zafra, Ignacio (2007) "Manual para padres. Un libro enseña técnicas de pirateo para vigilar el uso que los menores hacen de la red" El País, 10 de noviembre, página 47.
Es doctora en Ciencias Antropológicas. Profesora e investigadora en el Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Ha publicado diversos artículos y libros sobre temas vinculados al campo de la cultura política, la apropiación de los medios de comunicación y las TIC en la vida cotidiana, la esfera pública y los procesos de construcción de ciudadanía. Entre sus trabajos destaca el libro Ciudadanos mediáticos. La construcción de lo público en la radio (2002) editado por Gedisa.
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